viernes, 29 de octubre de 2010

CORDERO INMOLADO



Como mujer, como narradora, si pudiera osar llamarme así, me resulta muy difícil hablar sobre el tema de los abusos a los pequeños, a los jóvenes, a los inocentes que aún no han comenzado a vivir; ellos, que tienen su mente pura, su cuerpo tierno y virgen. Todos somos responsables de esa tragedia que llevan a cuestas esos niños, víctimas que han sido violadas, asesinadas, por sus propios padres, familiares, conocidos, extraños, pederastas, sobre ellos en particular, los pederastas quiero referirme, ya que últimamente se levantó una campaña contra la Iglesia, y digo contra, porque como cristiana católica confieso que debemos ser justos, al que le guste o no, al que lo sepa o no, existen claro, esos pederastas religiosos, que deberán recibir su justo castigo; pero no olvidemos a los otros pederastas, que no llevan hábito, que andan por la calle, que viven cerca o andan al acecho de sus inocentes víctimas; que impunemente cometen este delito execrable que se comete diariamente; para esos violadores casados y solteros, que también la sociedad les levante una campaña igualita a la de la Iglesia, porque no es un pecado exclusivo de los clérigos, es un crimen que cometen millares de hombres y mujeres en su mundo sin Dios, sin moral, sin piedad, todos ellos, religiosos o no, son el vómito de Dios, y debemos excluirlos, denunciarlos, hacerles justicia no venganza, es nuestra obligación, nuestro deber.

A TODOS NUESTROS CORDERITOS SACRIFICADOS, LES PIDO PERDÓN EN NOMBRE DE ESTE MUNDO IMPLACABLE, QUE A VECES LOS OLVIDA.

…”Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar…” Mateo, 18,6

Mírame ahora si eres tan valiente,
si quedan en tu corazón remordimientos,
si tienes un poco de memoria, ¿Podrías recordarme?
¿Podrías reconocer el daño que me has hecho,
ese crimen que nunca confesaste?
El más grave ante los hombres,
el que no tiene perdón de Dios ni de nadie.
Pues esto es lo que hiciste de mí,
los estigmas que grabaste en mi cuerpo,
desangran mi alma de niño, de ternerito.

Cicatrices que no borrarán años de terapia,
ni ningún consuelo que me traigan;
marcado por toda una vida quedaré,
desde esa violación, desde esos golpes,
quemaduras y latigazos,
que infringieron cada uno de ustedes,
padres y madres, padrastros, tíos,
profesores de la escuela, niñeras,
pederastas inmundos, asquerosos,
religiosos y también hombres sin hábito.

Padres que me dieron la vida,
que sin ninguna razón ni excusa
me hicieron objeto y blanco de su ira;
bestias inhumanas que andan sueltas,
sin castigo, sin juicio, sin condena,
¿dónde están ahora?¿qué les hice yo?

Dios los bendijo, cuando me trajeron al mundo,
pero me crucificaron con sus puños violentos,
nadie me ayudó, nadie me oyó,
tuve que callar, aceptar, soportar,
en manos de ustedes, desalmados padres.
Mártir me hicieron desde mis pocos años,
inmolado en la pira de un hogar violento,
subí al cadalso de mi crucifixión.

Yo, que soy un hijo pequeño de Dios,
tierna criatura, mujercita o varón,
que vio cortada su casta inocencia,
que aún no vivió, ni creció lo suficiente,
¿Cómo voy a entenderlo?
¿Quién puede explicarme el horror
de ser abusado por un extraño o un conocido?

Víctima de tus insultos, de tus abusos,
de tus patadas y tus manos pesadas,
Corderito sacrificado de la humanidad
injusta, indiferente, cobarde, corrupta;
¿nunca preguntaré por qué fue,
porque no encontraría la respuesta,
porque hay labios que están sellados
por el miedo a denunciar, como los de mi madre,
como los de mucha gente que voltea la mirada.

Algún día creceré, llegaré a adulto,
iré por el camino que Dios me ha trazado
¿Lo habré superado? ¿Quién llegaré a ser?
Quizá un hombre o una mujer
con mis éxitos y fracasos, Dios lo sabe.

Pero en mi corazón vivirá el niño o la niña
el hijo de tu carne, de tu sangre,
el inocente que secuestraste en la calle,
o el que te confiaron para que cuidaras,
el alumno que sedujiste con chocolates,
el monstruo que me inició antes de tiempo
en el sexo, en la pornografía
que de tantas formas me heriste

Este soy yo, la voz que te grita vivo o muerto,
que te torturará en tu conciencia,
que te llamará cuando no quieras,
para pedir justicia legal o Divina,
porque siempre habrá una Ley
o un Dios que no me olvida.

Ahora mira mi sangre derramada,
mi rostro amoratado, mi cuerpo azotado o yerto,
mi virginidad arrancada, mi juventud mancillada,
cuenta las heridas que tus manos me causaron.

A ti, en donde estés, monstruo sin nombre,
condenado quedarás a llevarme en tu mente retorcida,
Dios tenga piedad de tu alma,
yo también perdonaré algún día
aunque nadie borrará esta llaga del pasado,
donde sangran, mi dolor y mis lágrimas.

jueves, 28 de octubre de 2010

LA MIRADA DE DIOS



Desde su celeste ventanal miró hacia abajo, hacia el insignificante planeta tierra, más pequeño que los otros planetas, pero el más hermoso, el más perfecto, obra de su Creación, de su Perfección, que alberga a todas las criaturas que lo alaban, las maravillas del mundo, las pequeñas y grandes cosas, los animales, las aves, los peces, las plantas, los mares, los ríos, los árboles, la lluvia, la nieve, la selva, el bosque, el sol, la luna, las piedras, las montañas, las estaciones y de entre todas esas obras, el hombre, su más amada criatura; cuando lo creó era Adán y luego de su costilla la hizo a Eva, para que no estuviese solo. Pero un día desobedecieron y tuvo que echarlos de su presencia. Los condenó a pasar penurias en el mundo, a tener que trabajar para ganarse el pan, a parir con dolor, a envejecer y morir... Y así comenzaron a multiplicarse… hasta este siglo XXI; cuánto tiempo pasó y cuánto seguirá pasando pensó…hasta que decida el día final.

Sacó la cuenta en ese momento de los millones de años que llevaba en la tierra esa criatura débil e imperfecta, pero a quien tanto amaba, de cada uno se sabía su nombre, su dirección, sus pensamientos buenos y malos; su pasado, su presente y su futuro. Decidió darse un tiempo para echar una mirada, recorrer desde el sur hasta el norte, del este al oeste, todos los continentes, todos los rincones de la tierra, para observar hasta el último de los seres humanos y comprobar cuánto se acordaban de El; si alguien lo necesitaba, si alguien lo alababa, si a alguien le importaba, si alguien creía en El….

Su primera mirada fue para los niños, porque ellos , de su Eterno Amor, eran los predilectos, los consentidos; los veía nacer, crecer, jugar, estudiar, llenar de alegría el hogar con su inocencia, su candor, su amor desinteresado, niños ricos y niños pobres, ninguno tenía diferencia, sus ojos desbordaron el cielo de Amor. En sus pequeños aún no había malicia, ni malos sentimientos, solo la vida que comienza, en manos de sus padres, de su familia. En ninguno más que en los niños podría El reconocerse, porque serán siempre la belleza, la bondad y la ternura hecha humanidad. Vio a los abandonados, a los maltratados, a esas criaturitas que no tenían culpa de haber nacido, de haber sido llevados al mundo para pagar por los pecados de sus padres. Los estrujó entre sus eternos brazos, El no los abandonaría nunca.

Luego paseó sus ojos sobre los jóvenes, con su ímpetu, su alegría de vivir, sus idealismos, sus sueños e ilusiones, en muchísimos pudo leer su corazón, que pensaban, que lo amaban, que creían, que esperaban; pero en otros vio lo que no hubiera querido ver, malas intenciones, vicios, perdición, prostitución, alcoholismo, drogas, abortos, más y más excesos; pero también vio la incomprensión en sus familias, la falta de diálogo, la violencia verbal y física; aún había tiempo de hacer algo por ellos, si se dejaran ayudar, si lograran enderezar su camino, si lo buscaran, si le suplicaran, porque era su forma de hablar con sus hijos. Sus amados jóvenes tan extraviados. Vació su mirada de infinita misericordia para consolarlos, para acompañarlos, para hacerles saber que no los olvidaría.

No se olvidó de llegar hasta los asilos, donde en la soledad más desierta vivían los olvidados, los ignorados de la sociedad, los ancianos, esperando la visita de sus familiares o de alguien que quisiera hacerles compañía; diariamente recibían la ayuda espiritual de grupos religiosos o personas generosas, pero raramente iban los hijos y los nietos; ahí permanecían sentados o caminando lentamente, esperando la hora de reunirse con El. Pronto se abrirían las puertas del Cielo para coronar sus penas con el descanso eterno en el seno de su Gloria.

Ya atardecía, quiso observar a los adultos, solteros, casados, viudos, religiosos, laicos, hombres y mujeres, eran millones y millones, cuánto bien y cuánto mal vieron sus pupilas celestes y transparentes; cuánta soledad, amargura y desamor; sentimientos diversos por doquier en los hombres, en las mujeres, sentimientos de bondad, generosidad, altruismo, nobleza, sacrificio, renuncia; matrimonios consagrados ante su Altar, parejas concubinas, parejas divorciadas; allí en las familias quería vivir El, en la unión, en el amor fraternal, filial y paternal.

Recorrió las calles, las avenidas del mundo, las autopistas, demasiado para ver, para no olvidar, para tener siempre presente. Sonrió su mirada viendo a los hombres de buena voluntad, que santificaban su Nombre, que daban amor a los demás, que ayudaban a los desvalidos, a los pobres; que hacían del hogar un templo para el Dios que los creó, que llenaban las Iglesias con cantos, himnos de alabanzas y agradecimiento a sus gracias y favores.

Pero no pudo esquivar sus ojos de los sentimientos más oscuros del hombre, de ese ser creado desde su imagen y semejanza, al que su rebeldía lo hundía en los negros abismos del odio, la soberbia, la envidia, el rencor, las guerras, los crímenes, las violaciones, los abusos sexuales a niños y jóvenes, la eutanasia, la violencia familiar, la pornografía, las tratas de blancas, los secuestros y torturas, el abuso de poder, el lenguaje sucio, robos, estafas, mentiras, calumnias, falsos juramentos, usura, y sobre todo la indiferencia del hombre hacia sus propios hermanos, pobres, enfermos, indigentes, preguntó ¿cómo podía caber tanto mal dentro de su criatura? ¿cómo podría hacerles entender que el Amor, que su Amor lo es todo? ¿cuándo podrían aprender que al obrar con maldad, con mala intención, con burla, con negación, clavaban sin cesar en su Sagrado Corazón puñales, espadas, clavos y coronas de espinas. Que su autodestrucción era el infinito dolor que se hundía en su Espíritu? Dos mil años antes pagó el precio más caro, el que puede pagar el Padre por su Hijo Amado, que fue traicionado, rechazado, sacrificado, torturado, despedazado, inmolado en una Cruz por esos hombres de la tierra, a quienes tanto amó para darles la salvación y la Vida Eterna, a todo el que quisiera seguirlo, amarlo, vivir y morir en El.

Entendía que había hombres, mujeres y jóvenes para los que para muchos no habría salvación, porque no entendían la enseñanza del perdón, del arrepentimiento, que merecerían ser escupidos de su presencia, porque el amor nunca prevalecería en sus corazones; para ellos un profundo abismo hondo y negro se abriría a sus pies por toda una eternidad…

Pensó por un momento en sus Santos y Mártires que alguna vez moraron en la tierra, ¡qué poco aprendieron de ellos, qué poco los recordaron! Aunque era eternamente justo; sabía reconocer muy bien a quiénes lo querían, a los que acudían a su Presencia para pedir por ese mundo cruel, sanguinario y pecaminoso que había creado el propio hombre; había aún millones y millones de almas por salvar, almas que nacerían y morirían, una vida que todavía les regalaba, les obsequiaba con dones, talentos, alegrías y sufrimientos, tragedias, esperanzas y la fe que con el Espíritu Santo los iluminaba; en sus pequeñas e inteligentes criaturas, estaba la razón, el entendimiento, que les daba la oportunidad de tomar las decisiones más importantes, que mediante su existir, tendrían que adquirir la sabiduría para aprender a vivir; en cada uno estaba esa decisión, en su libre albedrío, la de condenarse o salvarse mediante su conciencia, bendito don con que El, Eterno y Omnipotente iluminó a toda la humanidad.

Le sorprendió, eso sí, oír las quejas dirigidas en cantidades industriales hacia El; lo culpaban por las consecuencias del mal que ellos mismos se ocasionaron; por todos los sufrimientos habidos y por haber; un sufrimiento que en la misma esencia del hombre había El infundido, del que nunca tendría escapatoria en su vida, porque era así la ley del hombre: nacer, vivir, recibir penas y alegrías, mientras transitara en su corto o largo existir; porque fue su Ley de Divina Justicia, escrita y decretada así; para que el mismo hombre conociera la humildad, la resignación, la fortaleza, la entereza, el valor, la valentía y la libre determinación de entregarse a sus Manos, a su Santa Voluntad, hasta el recibir el último aliento de su vida.

Lo culpaban por desastres naturales (terremotos, huracanes, epidemias) que con la destrucción del mismo planeta, al paso del tiempo, sus adanes y evas provocaron (contaminación, ruidos infernales, maquinarias horrendas destruyendo el campo, la montaña, los mares; bombas nucleares; desperdicios químicos; extinción de las especies); no previeron las consecuencias, que algún día la misma tierra y el mar reclamarían el precio; la herida que le hicieron. Lo culpaban por el hambre y la pobreza, mientras ricos y poderosos se lavaban las manos en cada país, de la injusticia del hombre para el hombre. Criatura soberbia, inconsciente - pensó- por eso siempre, siempre, siempre te perdono, porque nunca sabes lo que me dices ni lo que me haces.

Te perdono incluso antes de que vayas a obrar mal, porque tu Eterno Creador que todo lo ve, desde antes que nacieras, ya conoce todos tus pecados y ofensas. Mas antes de reflexionar sobre tus malos pasos, prefieres, provocar a tu Dios, lo hieres, lo afrentas, lo insultas, lo niegas, lo odias, le mientes, lo escupes, lo atacas, lo acusas sin tener una mínima ni remota idea de lo que irás a encontrar en el más allá. Porque no tienes alcance en tu pequeño cerebro de mi Grandeza, de mi Omnipotencia, de mi Superioridad sobre ti. Yo los perdono hijos míos, porque Yo soy la Verdad Absoluta, la Misericordia y el perdón infinitos. Yo los creé para que un día vengan a Mí a gozar de las maravillas de mi Reino y de mi Gloria.

Anocheció…en su pequeña y preferida Tierra; al día siguiente como cada vez, volvería a hacer el mismo recorrido por su obra, como cada amanecer y cada atardecer, sin descansar, sin abandonar jamás los pedidos, las oraciones, las súplicas, las lágrimas derramadas ante las imágenes, en la soledad y en las comunidades, su obra humana tan agradecida en muchos y tan desagradecida en otros. Cerró el ventanal de su arco iris, para darles a los hombres su descanso. El se sentaría a meditar, a pensar que podría hacer por ese mundo que estaba ahí abajo, ignorantes en su fe, en sus creencias, en sus divisiones, en sus racismos, en su ateísmo, sordos, ciegos y mudos de corazón. Bendijo una vez más a quienes se durmieron en santa paz, esperando con fe y oración a otro nuevo día. Recordó a esos infieles y malos corazones para quienes El no existía, ni importaba, para quienes no había un pequeño lugar donde cobijar al Dios Altísimo; sus ojos infinitos se nublaron de tristeza, sin dejar de mirar, de acariciar el desamor de muchos, muchos humanos e hizo llover sobre diversos lugares de la tierra su infinito dolor de Padre Celestial…

martes, 19 de octubre de 2010

COPIAPÓ




Setenta días hace
que el mundo se estremeció
con un derrumbe en Copiapó
y más tarde un mensaje de vida
traería la esperanza perdida,
a todas sus familias,
esposas, hijos, nietos
amigos y toda una nación.

Treinta y tres héroes
que nos sembraron el alma
de angustia, de dolor pero también
de fe, de valor, de compañerismo;
que nos enseñaron la palabra coraje,
que Dios existe y no nos abandona.

Hoy hubo lágrimas
pero de alegría, de emoción,
de reencuentro, de solidaridad.
Los ojos empañados del mundo
estuvieron en ellos
en los aguerridos mineros del desierto de Atamaca,
dándonos su ejemplo de trabajadores,
de hombres de bien,
que quedarán por siempre en nuestro corazón.

Gracias Florencio Avalos, Mario Sepúlveda, Juan Illanes, Carlos Mamani, Jymmi Sánchez, Osmán Araya, José Ojeda, Claudio Yañes, Mario Gómez, Alex Vega, Jorge Galleguillos, Edison Peña, Carlos Barrios, Víctor Segovia, Omar Reygadas, Pablo Rojas, Darío Segovia, Yonny Barrios, Samuel Avalos, Carlos Bugueño, Esteban Rojas, Víctor Zamora, Daniel Herrera, José Henríquez, Samuel Avalos, Ariel Ticona, Claudio Acuña, Franklin Lobos, Juan Aguilar, Luis Urzúa, Pedro Cortez, Raúl Bustos, Richard Villarroel y que Dios los bendiga.

domingo, 22 de agosto de 2010

QUE NO TERMINE EL DÍA



Que no termine el día 

sin dejarte mi recuerdo 
que con cada año la nostalgia tiñe 
de gris y de añeja el alma; 
Mamá ya voy perdiendo cuenta 
del tiempo que va corriendo 
tras tus largas ausencias. 
¿Y para qué contarlos 
si siempre habrá algo que decirte? 
Aunque me derrumben los siglos, 
te espero a la misma hora, 
en mi cuarto, entre mis libros, 
un catorce de marzo 
ó un veintidós de agosto; 
así no escuche tu voz, 
tu amor me habla 
de que estás aquí, 
acompañándome, 
consolándome, 
y retándome también 
si no hago las cosas bien. 

Que no termine el día 
sin decirte otra vez más 
de esta vida solitaria, 
donde me sigues haciendo falta, 
que todo te sigue extrañando, 
y ya nada puede volver atrás, 
en revivirte me empeño 
y más que nada extraño 
poder gritar mamá, 
presentir si vienen tus pasos, 
a darme un abrazo, 
extraño ver tus ojos 
puros como el agua cristalina, 
melancólicos como una tarde otoñal, 
extraño tus manos largas 
tocando Greensleves en la guitarra, 
extraño el olor del dulce de zapallo, 
y la mesa de Navidad. 

Que no termine el día 
sin darte otro te quiero 
aunque en la garganta 
me estrangule la lágrima 
por todo este largo, largo tiempo 
que el almanaque va agregando 
a mis días sin vos, 
Dios te bendiga 
y dame también tu bendición 
que recibiré en silencio 
mirándote sonreír en la foto 
junto a los malvones siempre, 
hasta que se oculte el sol. 

domingo, 15 de agosto de 2010

LETAL


"De la horca a la silla eléctrica y de ahí a la inyección letal: ¿cuánto más van a disfrazarlo? Y cuanto más lo disfrazan, más feo es..." Palabras pronunciadas en noviembre de 1997 por Scott Blystone, condenado a muerte en Pensilvania, Estados Unidos.

Era un asesino, un delincuente de alta peligrosidad, a muchas familias dejó enlutadas por la tragedia, para la sociedad no tendría jamás perdón ni para nadie, no sabía si tampoco para Dios; no podía haber misericordia para él, era un monstruo de esos en serie, violador, sádico; todos los vicios los había probado, todo el mal inimaginable anidaba dentro de ese cuerpo, de esa mente; ahora enjaulado como un ave carroñera; después de un juicio justo, ahora esperaba su sentencia de muerte en una cárcel de alta seguridad; la inyección letal acabaría con su vida, ese sería su fin; estaba consciente de todos sus crímenes, no tenía miedo a la muerte, únicamente deseaba que todo terminara rápido, que se no aplazara más ese momento. Ese era el sufrimiento peor, la agonía de la espera, pensar que hoy respiraba, que podía fumar, comer, caminar en su celda, hoy era, mañana ya no existiría, se podriría su cuerpo en un nicho cualquiera; ya no había regreso para redención, ni para arrepentimientos. Mató porque sí, porque desde muy joven ya había vendido su alma al diablo. No había excusas, posiblemente, recordaba instantes de su infancia, de su adolescencia, abusado por su padrastro, a los quince años cometió su primera fechoría, de allí pasó a un internado de menores y nunca más pararía su precipitada carrera hacia el crimen. 
Eran las doce de la noche, no quería dormir para poder aprovechar hasta el último minuto; ya no vería el sol, su celda estaba en la parte más interna del penal, una muralla de barrotes sería la última visión que tendría hasta la hora señalada. Hubiera querido pedir como último deseo ver el cielo estrellado, respirar el aire puro de la noche, hubiera querido pedir una última noche con una mujer, satisfacer su deseo de hombre, de animal en celo. Pensaba en las víctimas que mató, como las gozó, no pensó en el dolor de esos padres, no tenía conciencia. No se le tenía permitido hablar con nadie, los guardias eran sus interlocutores; sabía que en su último camino a la eternidad vendría un sacerdote a darle la extremaunción. No quiso saber como sería la ejecución, sabía que tenía que morir, nada más. Faltaba un día para despedirse de este mundo. Allí en esa sala lo esperaba la camilla donde cerraría los ojos por última vez. ¿Cómo sería morir? ¿Qué lo esperaría del otro lado? Quizá el infierno, la oscuridad, quizá lo esperaban sus víctimas, quizá no habría nada. Recordó esa parte del Evangelio donde Jesús había perdonado a uno de los ladrones que murieron a su lado. Ni siquiera conocía mucho a ese Jesús, tenía el recuerdo de su abuela evangélica que lo llevaba al templo para oír la palabra de Dios. Quizá estaría su abuela esperándolo, eso le dio algo de consuelo.

Al día siguiente le llevaron el desayuno, le dijeron que se fuera preparando, que estaban disponiendo todo para la ejecución. Sus ojos no expresaban nada, eran dos témpanos de hielo de donde no brotaba ni una sola lágrima. No conocía el perdón, ni la misericordia, no quedaba mucho de humano ya en él. El odio era el único sentimiento que vivía dentro de su pecho, odio a todos los que lo odiaban, odio hacia esa vida que le tocó en suerte, odio hacia sí mismo por ser lo que era. Más tarde llegó el sacerdote para que pudiera hacer su confesión, para recibir la ayuda espiritual a la que tiene derecho todo ser humano; era un hombre bastante joven, el capellán de la prisión que cumplía siempre con esa misión, preparar a los condenados para su hora última. El religioso quedó a solas con él, no parecía tenerle miedo, su mirada era compasiva, le tomó las manos y le habló largamente sobre Dios, sobre la vida eterna que nos esperaría a todos los mortales. Lo alentó para que no tuviera miedo, que aunque la ley de los hombres lo había condenado a morir, había un Dios que perdonaba, que deseaba la salvación de todos los hombres. El condenado recibió los últimos sacramentos, ya había pagado su última deuda con la vida. El reloj seguía avanzando, los brazos de la muerte como un pulpo, lo aguardaban en la sala de vidrio para ahogarlo hasta expirar; allí delante de muchas personas diría adiós, su pulso se detendría en pocos instantes. 
Despuntó el alba, sus ojos todavía permanecían abiertos, tratando de conservar los colores, los olores, pero para nada querría llevarse el recuerdo de esa celda fría, inmunda, ni de la gente que lo detestaba, quería retener los días de su libertad, no le quedaba nada para llevarse, descansaría finalmente de ese mundo podrido y el mundo descansaría de él, del monstruo que en pocos minutos entregaría su alma a la muerte. 
También se encontraba el sacerdote, sintió bastante tranquilidad cuando lo vio, de todas las personas, era el único que lo veía como a un ser humano; le pusieron la primera inyección, el silencio se podía cortar con el aire, pronto terminaría el circo de su condena, en pocos segundos mandaría a la mierda a los que deseaban despacharlo. La ley de los hombres se había cumplido; la ley de Dios era la que daría su fallo final, en la eternidad habría un solo Juez para todos por igual; cualquier cosa sería mejor que esta porquería de mundo donde no hubo oportunidades y ni una pizca de humanidad. Sabía que no tenía justificación alguna, sabía que era lo que se merecía. Al instante comenzó a sentir asfixia, no podía moverse, solo podía ver el techo, las luces le lastimaban sus pupilas, un dolor extremo fue invadiéndolo, el veneno corroía, quemaba cada uno de sus órganos. Alguien lo agarraba fuertemente de la mano, era una mano cálida, amorosa, consoladora, fue lo último que sintió, sabía de quién era, de quien lo había perdonado sin juzgarlo; era lo mejor que se llevaba de este mundo, una caricia piadosa y humana; inmediatamente le pusieron la segunda inyección, después no sintió nada más, quedó muerto; sus ojos quedaron abiertos, apagados, mirando el vacío; el clérigo hizo la señal de la cruz en la frente del difunto, rogando por su alma; inmediatamente entraron unos empleados de la funeraria, retiraron el cuerpo de la camilla y se lo llevaron. Afuera la gente festejaba, reía, en el pueblo quedaba una basura menos.

La sala quedó vacía, a la espera de una próxima ejecución. Detrás de la puerta en el fondo del bote de basura, como mudo testigo y verdugo del asesino, quedó la inyectadora vacía, sin el líquido letal.

viernes, 13 de agosto de 2010

EL EXTRAÑO



Para qué voy a contar los años que la vida te llevó de mí; las horas se detuvieron en mi corazón aquel día de octubre, quizá fui envejeciendo, mi piel arrugándose, mis sienes poniéndose más blancas, pero aquí adentro, el tiempo no marchitó ese sentimiento que nada valió para ti.

Solo recuerdo el día que te conocí, quedaste estático en mis pupilas, con tu semblante serio, tus ojos relampagueantes, y a partir de allí mi amor te fue idealizando, te fue haciendo inmenso. De ti me quedó el sabor de los más dulces besos, esa entrega apasionada de tu cuerpo, las caricias más dulces de tus manos fuertes. Y pasó tan rápido el tiempo, que cuando me di cuenta, me anunciaste tu partida, te ibas, así nomás, sin importar lo que dejabas atrás. No quise demostrarte mi dolor, porque hubiera sido en vano, nada te detendría.

Después que te fuiste, quedé sumida en un silencio total, me sentía muerta en vida; me lo habías dado todo y me lo habías quitado todo. Te amé, te odié, rompí tus fotos para no seguir desangrando mi alma, te arranqué a jirones de mi corazón, a pesar de que algo de ti jamás quiso irse de mí. ¿Por qué? No sé, nunca encontré respuestas para ese absurdo final.

¡Cómo hubiera querido retener otro poco tu mirada! ¡Cómo hubiera querido guardar algo que me quedara de ti! Al menos la seguridad de haberme sentido amada. Pero ni siquiera eso me dejaste. Me quedó únicamente el sabor de las lágrimas que me tragué en silencio. Un adiós y luego la nada…

Siguió la vida también sin detenerse, sin piedad tejió su manto de olvido sobre nuestras almas. Así, pasaste a ser otro capítulo del pasado. Hubo amores, sí, pero nunca como el tuyo. Amores que se convirtieron dolorosamente en fracaso, pero siempre en un costado de mi vida, callado, imperturbable, se mantuvo tu historia que escribe mi nostalgia de a ratos. Tú me borraste, lo sé, así como quien borra en un papel una nota mal escrita. Quizá me olvidaste más rápido de lo que pensé. Fui la palabra mal escrita de tu vida, el error que no debí ser. Mas no te culpo, fuimos títeres del destino que tuvieron la ventura o la desgracia de encontrarse.

Preguntarme como serás ahora sería absurdo. Te imagino con tu pelo gris, tus ojos quizá, sin ese brillo de tus treinta años; un poco más gordo tal vez. Si volviera cruzarme en tu camino, de ninguna forma te reconocería, serías para mí un extraño y yo para ti una fulana desconocida. Eso es lo que hicieron los años de nosotros, dos soberanos extraños, como si nunca nos hubiéramos encontrado; pareciera que la vida sí quiso continuar para ti, hacia otro continente te llevaste tu equipaje de sueños, para construir una nueva vida y el pasado se quedó aquí, en este pueblo, donde nunca cambia nada, donde no existen ilusiones, ni vuelos que me lleven a empezar otra vida, aquí quedé perdida, en un túnel de recuerdos.

Seguirás siendo un extraño, un rostro perdido entre la niebla de los años, que a veces el sueño regresará para rendirte memoria. Un forastero fuiste que llegó un día a adueñarse de cinco meses de mi vida y como un gitano ladrón te llevaste la llave de mi corazón, embrujado como en una maldición. Como una maldición, sí, pues, a pesar de los años, del tiempo que corre marchitándome, nada me deja olvidarte, siguen clavado tus ojos aquí dentro, tan dentro del alma, para que mi recuerdo nunca pueda decirte adiós…

viernes, 30 de julio de 2010

HISTORIA DE AMOR DE LA TERCERA EDAD



Esta es una historia que pasará inadvertida, una historia de tantas en que el amor llegó tarde, pero con las mismas esperanzas e ilusiones para quienes ya no lo esperan. Una historia de amor de la tercera edad, porque ellos también tienen derecho a amar, igual nosotros, algún día podríamos volver a sentirnos con derecho a volver a amar. Nunca es tarde, porque el corazón no tiene edad.

Ella, María Isabel Sánchez, viuda, setenta años, dos hijos y cinco nietos, ama de casa. El, Gerardo Bonard, viudo también, ochenta años, jubilado, una hija, un nieto, y un poco poeta. Dos seres solitarios, para quienes la vida ya no tenía mucho que ofrecerles; solo les quedaba el cariño de sus hijos, de sus nietos y un baúl lleno de recuerdos en su armario. Dos personas de la tercera edad que no tenían tanta importancia para el mundo, solo para sus nostalgias del ayer, para esa juventud que se fue y que únicamente les quedaba recordarlas.

Todos los días iban a la misma plaza, y se sentaban en un doble banco, ella de un lado y él del otro; desde hacía mucho tiempo seguían esa rutina; él todo un caballero cuando llegaba, se sacaba su gorra, la saludaba cortésmente inclinando un poco su cabeza y se sentaba a leer su libro o el periódico. Ella llegaba siempre a la misma hora, a las cuatro de la tarde con su perrito Tintin, contestaba al saludo de su compañero de banco y se sentaba a darle de comer a las palomitas y a respirar el aire puro, el aroma de las flores. Así transcurría la hora, sin hablarse, sin mirarse; luego al caer la tarde ella regresaba, se volvían a saludar gestualmente, sin saber cada uno su nombre y despedían otro atardecer de sus vidas.

Hasta que una tarde, la rutina cambió, María Isabel llegó al parque y tropezó sin querer con un brusco movimiento que hizo el perrito; don Gerardo se levantó para ayudarla y así iniciaron una conversación. Se presentaron, comenzaron a hablar de sus familias, hablaban del tiempo, del presente, del pasado que no compartieron, del futuro que les quedaba por vivir. Su amistad se fue estrechando, la cita en el parque se iba volviendo casi necesaria para cada uno, allí en ese parque, encontraron un motivo para no estar solos, para sentir un afecto que ninguno de los dos se daba cuenta iba naciendo.

Cierta vez Don Gerardo galantemente ofreció una rosa para María diciéndole “una rosa para una dama, que rápidamente se marchitará ante su belleza”; - ¡Ay Don Gerardo, usted sí es loco! – las mejillas de la dama eran como brasas encendidas. –“ Le ruego que me vea más como un poeta que como un loco” – respondió, evocando la frase de un antiguo poeta.

O se sentaban juntos a darle de comer a las aves, una intimidad estaba creciendo a paso lento entre los dos ancianos, con el correr de las tardes, cuando se despedían había cierta melancolía en sus ojos, deseando encontrarse nuevamente. O caminaban por el parque en compañía del perrito; algunas veces el casi poeta le recitaba poesías de Bécquer.

No se hizo esperar mucho tiempo la propuesta de Don Gerardo, cuando una tarde fría que presagiaba el venidero otoño. – Querida mía, cuánto tiempo llevamos paseando por este parque, mi memoria no me ayuda mucho, presiento conocerla de toda la vida, es usted la mujer más hermosa que he conocido, y después de mi difunta esposa no había vuelto a sentir algo como lo que siente mi corazón.
- Don Gerardo , es usted tan caballero, tan galante, realmente aprecio sus palabras, no creo ser merecedora de tanto aprecio.

Tomando su mano el anciano la besó delicadamente, - Es usted merecedora y mucho más, por eso quisiera preguntarle si no es una ofensa para usted. María, mi bella dama, ¿quisiera ser mi esposa?
Ella sintió latir su corazón muy aprisa, ¡cuánto hacía que no escuchaba unas palabras de amor!, ¡cuánto hacía que ya había olvidado las ilusiones de un sentimiento, la caricia de una mano sobre la suya, un beso dulce y delicado! Una tristeza la invadió, todo eso parecía un sueño, pero la realidad de sus vidas la devolvió al presente; eran dos “jóvenes” de la tercera edad, que habían encontrado una vieja ilusión al costado del camino de un parque centenario casi como ellos.

- Don Gerardo, le agradezco, pero no podría, ya estamos muy viejos, ¿qué dirían nuestros hijos, nuestros nietos? Se reirían de nosotros, o les parecería una locura. No, Don Gerardo, es imposible poder soñar con una relación a estas alturas. Nos encontramos demasiado tarde.

- Querida mía, adorada mía, nunca diga eso; además piense por otro lado. Sus hijos, sus nietos tienen su vida hecha; acaso ellos van a consultarle a Usted cuando toman alguna decisión, cuando quieren casarse por ejemplo? Sí, tal vez tenga razón, ya estamos viejos, y por lo mismo, significamos muy poco ahora en la vida de nuestros hijos, poco a poco nos irán dejando de lado, y algún día seremos una molestia, llegará la hora en que decidirán ponernos en un asilo; pero aún a Usted y a mí nos queda un camino, corto o largo no lo sé, que podríamos terminarlo de recorrerlo juntos. No me dé su respuesta ahora. Piénselo. Yo la esperaré, lo que sea necesario.

- Perdóneme – los ojos de María se nublaron de tristeza, se levantó y se fue caminando rapidito sin voltear su rostro para que no la viera llorar – El anciano quedó sumido en una profunda melancolía.

Así pasaron varios días, Don Gerardo iba al parque todas las tardes, con la esperanza de encontrar a su María que no había regresado más. Se sintió tan solo y lamentaba que esa amistad se hubiera quebrado por su propuesta, quizá no debió hablarle de su deseo de compartir su vida con ella. Ahora quizá ella no volvería a hablarle. Se preguntó si no había cometido una estupidez.

Todo el otoño pasó, todo el invierno, el parque quedó solitario, cubierto de escarcha, de nieve, sin el canto de sus pájaros, sin el aroma de sus flores, todo se fue cubriendo de blancas ausencias, que duraría hasta que volviera otra primavera…

Los primeros brotes comenzaron a nacer, los árboles brotaron nuevamente de hojas verdes, en el parque renacía otra vez la floreciente primavera. Los niños llegaban con sus bicicletas, con sus patinetas, las parejas de enamorados a revivir el amor, había llegado la estación del amor, de la alegría, esa estación que nunca desea morir en el corazón de los que aman.

Y con ella volvió el dueño del mismo banco, que quedó desamparado, que seguía esperándolo, Don Gerardo, el anciano con corazón de poeta, que aún esperaba… ese día al llegar, la vio desde lejos, allí como si nunca se hubiese ido, estaba su antigua compañera; como si la hubiera visto el día de ayer, allí estaba sentada en el banco, ese banco gris, que les pertenecía, debajo del frondoso árbol, jugando con el travieso Tintin y dándole también miguitas a las palomitas; entonces su corazón volvió a la vida, volvió a latir, porque allí estaba la dueña de su corazón. Cuando llegó María le extendió su mano que él besó suavemente; no hubo necesidad de decirse nada, en una mirada se lo dijeron todo; en los ojos de su compañera leyó la respuesta que tanto había soñado. Más tarde se alejaron de allí tomados de la mano, por un sendero que bordeaba el lago, por un camino que los llevaría unidos un resto de vida o una eternidad…