domingo, 19 de julio de 2009

LA PALABRA MÁGICA



Hablar de la felicidad es de lo que quisiera hoy, esa palabra de la cual todos quisiéramos tener la llave, la clave o lo que fuera preciso para encontrarla; pero en principio ¿que será la felicidad? Si alguien pudiera decírmelo estaría agradecida, muchos la definen como un estado de ánimo, una sensación de bienestar, un premio que nos merecemos en esta vida, y la más importante no tengo dudas, la que Dios nos reserva después de esta vida, la que no tiene comparación con otra, pero a la que nunca estamos demasiado apurados por conocerla, no? Felicidad, un nombre que algunos conocen a lo largo de sus vidas, y otros que nunca sabrán qué es. 

Por ejemplo, ¿los niños y las familias de Africa la conocerán?, los pobres de nuestros ranchitos de las montañas en Venezuela, las villas miserias en Argentina y de otros países latinoamericanos sabrán de esa palabra que encierra todo lo más lindo, todo lo que deseamos o soñamos? Los que no tienen familia, ni hogar, o los que están abandonados a su suerte como los viejitos, los niños de la calle, ¿que tipo de felicidad podrán conocer?
El amor de las parejas, siempre se piensa que es la felicidad más deseada y a la que pocos tenemos acceso; el matrimonio con sus altas y bajas, no es tampoco un jardín de rosas, se necesita mucho amor, mucha paciencia y fidelidad para saber llevarlo a través de la vida que Dios les de para disfrutarlo. Supongo que la felicidad del matrimonio deben ser los hijos; como mis padres me enseñaron, son la culminación del amor. 

Hoy me invitaron a ir a la playa, la verdad no tenía muchos ánimos, tenía cierto malestar y una tristeza indescriptible por una noticia trágica que sacudió a la sociedad de nuestro pueblo, un muchacho de veinticinco años, hijo de inmigrantes comerciantes libaneses, conocido de mi familia, fue secuestrado hace tres días por motivos que no hay tiempo de relatar aquí, y después de una intensa búsqueda fue encontrado maniatado, amordazado y el cráneo partido a tubazos, una muerte horripilante, la que nos afectó muy cercanamente; no tenía muchos deseos de unirme a las conversaciones.
El mar estaba tranquilo, apacible, el agua tibiecita, ideal para mí que detesto el agua fría, así que me senté en el agua, que estaba clarita, a disfrutar el sol, y los pececitos que se veían en cantidad, y algunos cangrejitos que se escondían debajo de la arena; me gustó esa sensación de sentirme fresca y acompañada por esas criaturitas de la Creación que pasaban entre mis piernas, por ahí sentía algunos mordisquitos en los dedos de los pies, casi creía que jugaban conmigo. Y por momentos sentí esa sensación de un momento feliz, me hizo olvidar por un instante esa tragedia, y ese malestar que tenía por algo que tomé o comí. Y pensé, en mi vida por lo menos esa palabra mágica la he podido apreciar únicamente así, en pequeños momentos. Aun en el agua miré a la bóveda celestial, pasó una bandada de pájaros en formación como un ejercito desfilando desde las alturas, siempre se pueden ver, pero en ese momento quedé maravillada apreciando esas otras criaturas del Creador y me acordé que en ese mismo instante estaban enterrando a ese pobre mártir, que la vida de esos pobres padres no volverá nunca a ser la misma. Quise llorar por ese joven que apenas tuvo tiempo de juntar culpas y pecados en este mundo inmerso en la violencia, en la maldad, donde la vida humana vale menos que la de un perro; una muerte que seguramente no va a tener la justicia que se merece. Hasta hace unos días la vida fue sonrisas y futuro, hoy la muerte les arrebató lo que más querían, ¡y de qué forma! 

Me dije, ¿qué felicidad tenemos derecho a soñar cuando hay tantos que pasan por ese y otros tipos de martirio? Disfrutar esos pequeños o grandes momentos que vivimos en familia, con los amigos, con la naturaleza, con nuestra paz interior, alimentar nuestro corazón con amor para los que nos necesiten; esa debería ser la llave mágica para encontrar nuestras pequeñas y grandes alegrías. 

Al rato llegó hasta mí uno de los pequeños de la familia, de un año de edad, un masacote de carne y ternura, que se roba siempre los besos y achuchones de todos. Y allí llegó con su sonrisa, con su trajecito de baño minúsculo, con su trabalenguas que solo entiende él, a disfrutar conmigo de los pececitos, y de repente me encontré con la verdad de esa palabra, allí para mí sobre todo, estaba esa sensación, ese bienestar que me hizo borrar toda la tristeza, todo el malestar de mi cuerpo, ese pedacito de cielo, de inocencia, de alegría, para mí ese gordito precioso reunía la felicidad suprema, que sin saberlo me hizo reconciliar con la vida; aunque fue por un ratito que lo disfruté, me dejó el corazón lleno de gozo, y me sentí agradecida de estar viva, de tener la familia que tengo, de poder creer que en algún lugar de ese cielo azul e infinito Dios me tendrá reservado un lugar donde podré conocer la eterna felicidad.


lunes, 13 de julio de 2009

EL PRIMER ASIENTO



Fue un encuentro casual, o providencial o el azar que los unió viajando en un autobús; sentados en un primer asiento, al mirarse a los ojos sellaron un pacto de amor, de pasión y de dolor; el era casado, ella era casada, apenas empezaba el camino y atrás iba cerrándose un capítulo de sus vidas. Ya nada sería igual para ninguno, hubieran querido que ese viaje no llegara nunca a destino, riendo, hablando, seduciéndose con las primeras miradas, con el roce de las manos, cada instante deseaban grabarlo, para no olvidarse, sabían que algo los había unido para siempre; dos horas que se hicieron segundos cuando tuvieron que separarse, dos horas que definieron dos vidas, dos almas, dos que apostaron a quererse, simplemente dos, sus nombres no importa, un hombre y una mujer por la ruta del sentimiento, de la aventura de vivir.

Tal vez perdería ella más por ser mujer, o los dos quien sabe, pero las cartas estaban echadas; cuando se despidieron se besaron con el alma, no hubo un adiós solo un hasta luego; él la llamó a la siguiente semana, ninguno quiso echarse atrás, el destino estaba escrito, la cita, una confitería, ninguno podía esperar, ¿que se dirían?, nada de eso importaba, solo necesitaban volver a verse, y el después solo el tiempo hablaría.

Ella caminó hasta el lugar y lo vio sentado en una mesa, fumando un cigarrillo, esperándola con la misma impaciencia, la misma ansiedad de reencontrarse; las maripositas de su estómago comenzaron a revolotear, ya sabía que no podía escapar de él, el amor comenzaba correr por el torrente de su sangre, serían a partir de ese momento amantes de un primer asiento, de un dulce y amargo destino, solo era abrir la puerta o salir corriendo, no pudo resistirse más…entró…

Hablaron largas horas, cada uno contó su historia, sin dejar de mirarse, por momentos comenzaron a tomarse sus manos, se acariciaban el rostro, deseaban besarse, acariciarse, la locura comenzaba a despertar. No sabían que era hora era, solo querían salir de allí , encontrar un nido donde cobijarse, para dar rienda suelta a ese loco deseo que empezaba a consumirlos.

Fueron a escuchar música, sentados en la barra tomando un trago, se murmuraban cosas al oído, dulces, ardientes, esas cosas de enamorados, de amantes que se estrenan; la noche recién nacía para esa pasión que quizá no era amor, solo una pasión incontrolable ó quizá lo era todo; el primer beso dejó una sensación exquisita, ansias de devorarse más, de enredar sus lenguas, de buscarse con caricias, de excitarse, se besaban suavemente, y luego con furor, con desespero…no soportaban ese lugar que los contenía, que los reprimía; su apartamento, el de él, quedaba no muy lejos, en una calle arbolada, escaparon de allí, subieron y nada los detuvo, aceleradamente se iban desnudando, dejando sus ropas en el suelo, mientras se iban explorando con sus dedos de a poco, él la sentó en sus piernas y besarse era lo más urgente mientras la lengua de ella lamía sus orejas, mordisqueaba su cuello, y las manos del amante exploraban los senos de su amada. La realidad desapareció, solo desesperadamente se anhelaban, se entregaban, en la cama, en el suelo, en cualquier lugar volvían a caer para darse sus cuerpos, el después…no sabían que pasaría. No era hora de preguntas, solo de tenerse el uno al otro.

El después sería un amanecer juntos, desparramados en las sábanas oliendo a sexo, a orgasmos, enlazados uno en el otro, el después...mejor que no existiera, que no hubiera preguntas, ni exigencias, ninguno podía hacer promesas, el después sería el fin, el regreso a la realidad. El viaje debía continuar.

Allí siguieron en el nido tibio todavía, gastándose con besos y caricias, haciendo el amor, y exhaustos volver a empezar; querían detener el tiempo, ese tiempo que en pocos minutos se lo llevaría todo; luego él se perdería en una esquina, y ella continuaría caminando sin rumbo fijo hacia su rutina que la esperaba. Y las agujas del reloj corrieron hasta las cuatro de la tarde, no podían eternizarlo más, para los pasajeros del primer asiento culminó la aventura de su viaje; caminaron de la mano hasta donde debían separarse, se miraron por última vez, y con los ojos nublados de tristeza y despedida, en un último beso se dijeron adiós.


jueves, 2 de julio de 2009

EPÍLOGO PARA UN AMOR



Todo comenzó un día cualquiera, llegaste a mi puerta, a mi puerta de cristal, así me gusta decirle al monitor, al ordenador le dirás tú, creo que fue Junio, los dos cumplíamos años en el mismo mes, nos miramos por la cámara, nos descubrimos y empezamos a soñar. Me encantaban tus ojos, tu forma de mirar, tu sonrisa tan dulce, y tu voz grave de hombre, al irme acostar me la llevaba grabada en mis oídos, recordando cada dulce palabra. Nuestros corazones querían estrenar ese amor (¿amor?) ¡que fácil fue inventarlo, vestirlo con palabras, adornarlo con versos. A veces nos quedábamos solo mirándonos, estudiando nuestros gestos, intercambiando dibujitos, besitos, triste consuelo para nuestro sentimiento atado a los cables, a la distancia, a un tiempo de esperas infinitas.

Y el tiempo fue eterno para cristalizar eso que yo quise llamar amor, como no podía darle ese nombre, si era una entrega total, en una computadora, pero total, horas, minutos, segundos que se nos escapaban tras esa quimera que nunca alcanzábamos, que huía hacia la nada.

Pero el tiempo no fue eterno para comenzar a tejer el principio del fin, estábamos predestinados a olvidarnos, a no pertenecernos, ya no venías tanto, intempestivamente tu corazón ya no era el mismo, el cansancio de repetirnos lo mismo, la rutina de los mismos besos, las mismas caricias y la realidad de cada uno nos fue ganando. Y el amor (¿amor?) se secó como una rosa fuera de su jardín, quisimos atraparlo como a una mariposa en nuestras manos y no nos dimos cuenta de que era demasiado frágil, que quería ser libre, y tú también querías liberarte, yo hubiera continuado, sentía que mi motivo eras tú, que sin ti me sentía prisionera, presa de mis soledades, de mis penas.

De ti ya poco fue quedando, poco nos decimos, nuestra historia tuvo un punto final, solo que nos cuesta arrancarnos el uno del otro, a veces vienes a verme, a veces quieres revivir el deseo, parece que algo todavía despierto en tu piel, pero eso no lo quiero yo; sin que me ames, no, definitivamente no; ahora tengo paz, tengo mi mejor recuerdo de ti, y vivo sola, quizá más sola que nunca, pero llevándote como una mariposa revoloteando libre en mi alma, como una rosa fresca y fragante en el patio donde la alimenta el sol y la vida. De ti tal vez no tengo nada, pero te tengo a ti.