miércoles, 26 de enero de 2011

PSEUDOPOESÍA




¿Quién soy yo? Solo ésa que escribe aquello
que desde mi alma renazca y brote,
recuerdos más tristezas más recuerdos
y todo lo que me inspire, una tarde de lluvia
una puesta de sol, un otoño dorado,
el anhelo infinito de un amor imposible,

Ni soy literata, ni he publicado nunca nada
solo soy una llana y vulgar pseudopoetisa.
mas para los que me conocen soy esa
que escribe al natural, cuando sale la luna
lo que me vaya dictando el alma,
en cualquier tiempo, espacio o lugar.

Aprendí no pocas veces de ésta mi larga vida
que para ser poeta no es tan necesario
tener en la pared un diploma colgado;
ser poeta es cosa de alma, de sentimiento
de esa llama divina que nace con uno,
con rimas o sin rimas poniendo el corazón.

Soy sencillamente María de nadie, María pueblo
la que escondida vive detrás de los versos,
viendo siempre las estrellas para inspirarme;
soy tan simple como el pan o como el agua,
no pretendo tampoco ser lo que no soy,
no soy menos que nadie ni subestimo a nadie.

En esta vida paso lentamente las horas mustias
haciendo más que nada lo que me gusta,
borronear un papel y escribirle a Dios,
a la soledad, a mis amigos, a un antigüo amor,
a los pajaritos que me despiertan en la mañana,
en fin, caramba, lo que me dicte la inspiración.

Dirán que lo que escribo no sirve para nada,
puede ser, lo confieso, seré muy poca cosa,
(los grandes de allá arriba, discreta los aplaudo)
antes que nada prevalezca la humildad,
a los que no visten toga de poetas, mi admiración
aunque no tengan su libro editado en la biblioteca.

Que nos llamen como quieran, juglares, coplistas,
líricos, trovadores, de mil formas y maneras,
o como solemos decirnos: unos “escribidores”
pero eso sí, serios señores que defienden el arte.
yo sigo aquí en mis trece, borroneando papeles,
aunque los de arriba sigan escupiendo mi pseudopoesía.

sábado, 15 de enero de 2011

MORIR POR AMOR



Se conocieron en una tarde de lluvia, en una esquina, él le ofreció su paraguas para acompañarla hasta la parada del autobús; y al mirarse una chispa se encendió, sonrisas, el roce de las manos; Ivana, de ojos negros inmensos, lo cautivó; Alberto, no podía dejar de mirarla, ella bajaba los ojos, un poco avergonzada; mientras hablaban de cosas sin importancia, mientras la lluvia cantaba una melodía de romance nuevo, un hombre y una mujer escribirían otra historia de amor anónima, corriente, mezclados entre la gente, nadie parecía notar que debajo de un paraguas, entre murmullo de besos dos prometían quererse, anhelarse, amarse.

Después de una semana Alberto la llamó, ella aceptó, salieron a tomar un café, a hablar, a conocerse; sentados en la mesa de una confitería, entre café y café, no fue necesario hablar demasiado, solo querían mirarse, fascinados el uno con el otro. El rozó sus manos con una caricia suave, Ivana sintió la primera sensación de un deseo que prometía consumirla. Ella le devolvió la caricia pasando sus dedos por el rostro de ese hombre que la derretía con sus ojos, con el movimiento de sus labios que la besaban sin tocarla. No hablaron mucho más, salieron de allí perdiéndose en la noche estrellada, mágica, el mundo era de ellos. El amor vibraba en los árboles, en las aceras, en las plazas, tomados de la mano caminaron hacia donde el deseo de estar juntos los llevara. Alberto pidió un taxi, al acomodarse, él sin pensarlo y sorprendiéndola le robó el beso tan anhelado, la devoró con su labios, con su lengua; Ivana no podía casi respirar, pero qué importaba, él, su amor, sería su aliento, su oxígeno, desde ese momento supo que ya no podría vivir sin su hombre.

Así amanecieron en un cuarto tibio, desnudos, amándose, deleitándose entre caricias toda una noche, palmo a palmo conocieron sus cuerpos, cada poro de su piel, la chica ya lo amaba, no era virgen, pero había sido como la primera vez, fue suya en una entrega desesperada, que colmó sus ansias todas, se sintió mujer como nunca se había sentido. Le hubiera gustado saber como había sido para Alberto, que había sentido, pero él no decía nada, solo la volvía loca recorriendo con su boca todo su cuerpo. Después sintiendo la placidez de una noche de sexo, exhaustos, descansaron abrazados, mientras fumaban y se miraban con ternura.

El tiempo pasó, los encuentros dejaron de ser tan consecuentes, Alberto no la llamaba mucho, pero Ivana lo extrañaba, sentía celos, tristeza, miedo de que no la quisiera, -¿me dijo alguna vez que me quería, que me amaba?- ese detalle siempre la atormentaba, como un gusanito carcomiéndole el cerebro. A veces iban a comer pizza, al cine, y después terminaban haciendo el amor, pero ya no había esos besos robados, esa locura, esa magia, eso que la enamoró. Ivana sufría, en ella sí crecía ese sentimiento devorador, inquietante, poético, eso que llaman amor… A solas cerraba sus ojos y acariciaba su piel soñando que Alberto la llenaba, la desbordaba, la penetraba. Cuando despertaba, solo veía la soledad de las paredes, esa soledad de su apartamento en el 10º piso y el teléfono… el teléfono, callado, mudo… ¿Acaso había terminado todo así? No, no lo permitiría, así no, sin una palabra, sin una explicación. Hacía más de un mes que no la buscaba. Otra gusanito que la carcomía… nunca la llevó a su casa, nunca le presentó a su familia. Se sintió estúpida, insignificante, buscó en su agenda el número de Alberto. Pensó un poco si haría bien, se decidió y marcó 724.2887. Comenzó sonar el teléfono, sintió que el estómago se consumía de nervios, de angustia. –Aló? (atendió una mujer) – Por favor con Alberto - - No, no se encuentra, quién lo llama? – Es Ivana, una amiga- - Cuando él venga le daré el mensaje- - Con quién hablé si me disculpa? , dijo Ivana–. Contestaron del otro lado: - Yo soy la esposa.-

Ivana sintió que todo le daba vueltas, estaba mareada, un sudor frío corrió por su frente; era casado, casado, casado, casado. Lo repetía sin cesar. Casado, casado, casado. ¡Hijo de puta, miserable, bastardo, cabrón de mierda.! ¡Te odio, te odio, te odioooooooooooo!. Pronunció ese te odio que lleva todos los te amo, todos los te adoro, pero que nunca jamás sería odio. Buscó culparlo, pero sabía que ella se había confiado desde el principio, había dejado seducirse, ella lo quiso así, sin preguntas, ni explicaciones. Porque así es el amor, no permite esperas, se dejó caer en la vorágine de los boleros, de la cama, de la piel, de los orgasmos, quiso ser suya a pesar de lo que fuera. El después nunca se lo preguntó.

El después era este ahora desolado, esta realidad sin salida, solo quedaba olvidarlo. Olvidarlo? ¿Cómo? ¿Cómo se arranca de una vez lo más hermoso, lo más sublime? ¿Cómo reconocer que todo era una mentira, una burla? Que solo fue usada o que se dejó usar. Qué importaba, todo era lo mismo. Si al fin y al cabo no quedaba nada más que la estela de ese dolor. No quiso salir más, no fue al trabajo ese día, ni al día siguiente, ni al otro; no quiso atender el teléfono, ni la puerta; se tendió en la cama a inundar la almohada de lágrimas, de un llanto incontenible; bastardo ¿por qué? ¿por qué? - Yo te quería, yo te amaba – sentía como agujas clavadas en la cabeza, en la espalda, todo era un solo dolor; obnubilada de tristeza, de desesperanza. Sabía que nunca más la llamaría. - Cobarde. Traidor. Mentiroso. Pero yo te quiero ¿me oyes?. Yo si que no te podría olvidar. No me dejes. Vuelve a mí. Suena maldito teléfono, suena–. Todo fue silencio, olvido, despecho, el final. Le faltaba la respiración, el aire, la noche estaba oscura, cerrada. Alberto era una farsa que terminó sin un adiós, sin una llamada. Porque así obran los cobardes. Los que quieren tener una doble vida. Los que viven de la mentira, del engaño. El mundo de Ivana se hizo añicos allí en ese oscuro apartamento de un décimo piso. No pudo pensar más. Vivió por su amor, moriría por su amor.

Se asomó al balcón, miró los autos, la gente que se veían como bultos pequeños, era un sábado, un triste sábado para no creer en nada ni en nadie. Miró los edificios, los carteles luminosos. Ocho y cuarto de la noche. Buena hora para morir, para olvidar, para dejar de pensar, para dejar amar imposibles, para no ser más. Un cielo oscuro con luna menguante fue lo último que quiso ver. Se trepó por la baranda. “Adiós mi vida, no quiero vivir sin ti”. Se paró sin querer mirar hacia abajo. “Algún día sabrás lo que es morir por amor”. Abrió sus brazos hacia arriba, como queriendo alcanzar el cielo y cerrando los ojos saltó…