
Se
conocieron en una tarde de lluvia, en una esquina, él le ofreció su paraguas
para acompañarla hasta la parada del autobús; y al mirarse una chispa se encendió,
sonrisas, el roce de las manos; Ivana, de ojos negros inmensos, lo cautivó;
Alberto, no podía dejar de mirarla, ella bajaba los ojos, un poco avergonzada;
mientras hablaban de cosas sin importancia, mientras la lluvia cantaba una
melodía de romance nuevo, un hombre y una mujer escribirían otra historia de
amor anónima, corriente, mezclados entre la gente, nadie parecía notar que
debajo de un paraguas, entre murmullo de besos dos prometían quererse,
anhelarse, amarse.
Después
de una semana Alberto la llamó, ella aceptó, salieron a tomar un café, a
hablar, a conocerse; sentados en la mesa de una confitería, entre café y café,
no fue necesario hablar demasiado, solo querían mirarse, fascinados el uno con
el otro. El rozó sus manos con una caricia suave, Ivana sintió la primera
sensación de un deseo que prometía consumirla. Ella le devolvió la caricia
pasando sus dedos por el rostro de ese hombre que la derretía con sus ojos, con
el movimiento de sus labios que la besaban sin tocarla. No hablaron mucho más,
salieron de allí perdiéndose en la noche estrellada, mágica, el mundo era de
ellos. El amor vibraba en los árboles, en las aceras, en las plazas, tomados de
la mano caminaron hacia donde el deseo de estar juntos los llevara. Alberto
pidió un taxi, al acomodarse, él sin pensarlo y sorprendiéndola le robó el beso
tan anhelado, la devoró con su labios, con su lengua; Ivana no podía casi
respirar, pero qué importaba, él, su amor, sería su aliento, su oxígeno, desde
ese momento supo que ya no podría vivir sin su hombre.
Así
amanecieron en un cuarto tibio, desnudos, amándose, deleitándose entre caricias
toda una noche, palmo a palmo conocieron sus cuerpos, cada poro de su piel, la
chica ya lo amaba, no era virgen, pero había sido como la primera vez, fue suya
en una entrega desesperada, que colmó sus ansias todas, se sintió mujer como
nunca se había sentido. Le hubiera gustado saber como había sido para Alberto,
que había sentido, pero él no decía nada, solo la volvía loca recorriendo con
su boca todo su cuerpo. Después sintiendo la placidez de una noche de sexo,
exhaustos, descansaron abrazados, mientras fumaban y se miraban con ternura.
El
tiempo pasó, los encuentros dejaron de ser tan consecuentes, Alberto no la
llamaba mucho, pero Ivana lo extrañaba, sentía celos, tristeza, miedo de que no
la quisiera, -¿me dijo alguna vez que me quería, que me amaba?- ese detalle
siempre la atormentaba, como un gusanito carcomiéndole el cerebro. A veces iban
a comer pizza, al cine, y después terminaban haciendo el amor, pero ya no había
esos besos robados, esa locura, esa magia, eso que la enamoró. Ivana sufría, en
ella sí crecía ese sentimiento devorador, inquietante, poético, eso que llaman
amor… A solas cerraba sus ojos y acariciaba su piel soñando que Alberto la llenaba,
la desbordaba, la penetraba. Cuando despertaba, solo veía la soledad de las
paredes, esa soledad de su apartamento en el 10º piso y el teléfono… el
teléfono, callado, mudo… ¿Acaso había terminado todo así? No, no lo permitiría,
así no, sin una palabra, sin una explicación. Hacía más de un mes que no la
buscaba. Otra gusanito que la carcomía… nunca la llevó a su casa, nunca le
presentó a su familia. Se sintió estúpida, insignificante, buscó en su agenda
el número de Alberto. Pensó un poco si haría bien, se decidió y marcó 724.2887.
Comenzó sonar el teléfono, sintió que el estómago se consumía de nervios, de
angustia.
–¿Aló? (atendió una mujer)
– Por favor con Alberto
- No, no se encuentra, ¿quién lo llama?
– Es Ivana, una amiga
- Cuando él venga le daré el mensaje
- ¿Con quién hablé si me disculpa? , dijo Ivana
Contestaron del otro lado: - Yo soy la esposa.
–¿Aló? (atendió una mujer)
– Por favor con Alberto
- No, no se encuentra, ¿quién lo llama?
– Es Ivana, una amiga
- Cuando él venga le daré el mensaje
- ¿Con quién hablé si me disculpa? , dijo Ivana
Contestaron del otro lado: - Yo soy la esposa.
Ivana
sintió que todo le daba vueltas, estaba mareada, un sudor frío corrió por su
frente; era casado, casado, casado, casado. Lo repetía sin cesar. Casado,
casado, casado. ¡Hijo de puta, miserable, bastardo, cabrón de mierda.! ¡Te
odio, te odio, te odioooooooooooo!. Pronunció ese te odio que lleva todos los
te amo, todos los te adoro, pero que nunca jamás sería odio. Buscó culparlo,
pero sabía que ella se había confiado desde el principio, había dejado
seducirse, ella lo quiso así, sin preguntas, ni explicaciones. Porque así es el
amor, no permite esperas, se dejó caer en la vorágine de los boleros, de la
cama, de la piel, de los orgasmos, quiso ser suya a pesar de lo que fuera. El
después nunca se lo preguntó.
El
después era este ahora desolado, esta realidad sin salida, sólo quedaba
olvidarlo. Olvidarlo? ¿Cómo? ¿Cómo se arranca de una vez lo más hermoso, lo más
sublime? ¿Cómo reconocer que todo era una mentira, una burla? Que sólo fue
usada o que se dejó usar. Qué importaba, todo era lo mismo. Si al fin y al cabo
no quedaba nada más que la estela de ese dolor. No quiso salir más, no fue al
trabajo ese día, ni al día siguiente, ni al otro; no quiso atender el teléfono,
ni la puerta; se tendió en la cama a inundar la almohada de lágrimas, de un
llanto incontenible; bastardo ¿por qué? ¿por qué? - Yo te quería, yo te amaba –
sentía como agujas clavadas en la cabeza, en la espalda, todo era un solo dolor;
obnubilada de tristeza, de desesperanza. Sabía que nunca más la llamaría. -
Cobarde. Traidor. Mentiroso. Pero yo te quiero ¿me oyes?. Yo si que no te
podría olvidar. No me dejes. Vuelve a mí. Suena maldito teléfono, suena–. Todo
fue silencio, olvido, despecho, el final. Le faltaba la respiración, el aire,
la noche estaba oscura, cerrada. Alberto era una farsa que terminó sin un
adiós, sin una llamada. Porque así obran los cobardes. Los que quieren tener
una doble vida. Los que viven de la mentira, del engaño. El mundo de Ivana se
hizo añicos allí en ese oscuro apartamento de un décimo piso. No pudo pensar
más. Vivió por su amor, moriría por su amor.
Se
asomó al balcón, miró los autos, la gente que se veía como bultos pequeños,
era un sábado, un triste sábado para no creer en nada ni en nadie. Miró los
edificios, los carteles luminosos. Ocho y cuarto de la noche. Buena hora para
morir, para olvidar, para dejar de pensar, para dejar amar imposibles, para no
ser más. Un cielo oscuro con luna menguante fue lo último que quiso ver. Se
trepó por la baranda. “Adiós mi vida, no quiero vivir sin ti”. Se paró sin
querer mirar hacia abajo. “Algún día sabrás lo que es morir por amor”. Abrió sus
brazos hacia arriba, como queriendo alcanzar el cielo y cerrando los ojos
saltó…
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