domingo, 15 de agosto de 2010

LETAL


"De la horca a la silla eléctrica y de ahí a la inyección letal: ¿cuánto más van a disfrazarlo? Y cuanto más lo disfrazan, más feo es..." Palabras pronunciadas en noviembre de 1997 por Scott Blystone, condenado a muerte en Pensilvania, Estados Unidos.

Era un asesino, un delincuente de alta peligrosidad, a muchas familias dejó enlutadas por la tragedia, para la sociedad no tendría jamás perdón ni para nadie, no sabía si tampoco para Dios; no podía haber misericordia para él, era un monstruo de esos en serie, violador, sádico; todos los vicios los había probado, todo el mal inimaginable anidaba dentro de ese cuerpo, de esa mente; ahora enjaulado como un ave carroñera; después de un juicio justo, ahora esperaba su sentencia de muerte en una cárcel de alta seguridad; la inyección letal acabaría con su vida, ese sería su fin; estaba consciente de todos sus crímenes, no tenía miedo a la muerte, únicamente deseaba que todo terminara rápido, que se no aplazara más ese momento. Ese era el sufrimiento peor, la agonía de la espera, pensar que hoy respiraba, que podía fumar, comer, caminar en su celda, hoy era, mañana ya no existiría, se podriría su cuerpo en un nicho cualquiera; ya no había regreso para redención, ni para arrepentimientos. Mató porque sí, porque desde muy joven ya había vendido su alma al diablo. No había excusas, posiblemente, recordaba instantes de su infancia, de su adolescencia, abusado por su padrastro, a los quince años cometió su primera fechoría, de allí pasó a un internado de menores y nunca más pararía su precipitada carrera hacia el crimen. 
Eran las doce de la noche, no quería dormir para poder aprovechar hasta el último minuto; ya no vería el sol, su celda estaba en la parte más interna del penal, una muralla de barrotes sería la última visión que tendría hasta la hora señalada. Hubiera querido pedir como último deseo ver el cielo estrellado, respirar el aire puro de la noche, hubiera querido pedir una última noche con una mujer, satisfacer su deseo de hombre, de animal en celo. Pensaba en las víctimas que mató, como las gozó, no pensó en el dolor de esos padres, no tenía conciencia. No se le tenía permitido hablar con nadie, los guardias eran sus interlocutores; sabía que en su último camino a la eternidad vendría un sacerdote a darle la extremaunción. No quiso saber como sería la ejecución, sabía que tenía que morir, nada más. Faltaba un día para despedirse de este mundo. Allí en esa sala lo esperaba la camilla donde cerraría los ojos por última vez. ¿Cómo sería morir? ¿Qué lo esperaría del otro lado? Quizá el infierno, la oscuridad, quizá lo esperaban sus víctimas, quizá no habría nada. Recordó esa parte del Evangelio donde Jesús había perdonado a uno de los ladrones que murieron a su lado. Ni siquiera conocía mucho a ese Jesús, tenía el recuerdo de su abuela evangélica que lo llevaba al templo para oír la palabra de Dios. Quizá estaría su abuela esperándolo, eso le dio algo de consuelo.

Al día siguiente le llevaron el desayuno, le dijeron que se fuera preparando, que estaban disponiendo todo para la ejecución. Sus ojos no expresaban nada, eran dos témpanos de hielo de donde no brotaba ni una sola lágrima. No conocía el perdón, ni la misericordia, no quedaba mucho de humano ya en él. El odio era el único sentimiento que vivía dentro de su pecho, odio a todos los que lo odiaban, odio hacia esa vida que le tocó en suerte, odio hacia sí mismo por ser lo que era. Más tarde llegó el sacerdote para que pudiera hacer su confesión, para recibir la ayuda espiritual a la que tiene derecho todo ser humano; era un hombre bastante joven, el capellán de la prisión que cumplía siempre con esa misión, preparar a los condenados para su hora última. El religioso quedó a solas con él, no parecía tenerle miedo, su mirada era compasiva, le tomó las manos y le habló largamente sobre Dios, sobre la vida eterna que nos esperaría a todos los mortales. Lo alentó para que no tuviera miedo, que aunque la ley de los hombres lo había condenado a morir, había un Dios que perdonaba, que deseaba la salvación de todos los hombres. El condenado recibió los últimos sacramentos, ya había pagado su última deuda con la vida. El reloj seguía avanzando, los brazos de la muerte como un pulpo, lo aguardaban en la sala de vidrio para ahogarlo hasta expirar; allí delante de muchas personas diría adiós, su pulso se detendría en pocos instantes. 
Despuntó el alba, sus ojos todavía permanecían abiertos, tratando de conservar los colores, los olores, pero para nada querría llevarse el recuerdo de esa celda fría, inmunda, ni de la gente que lo detestaba, quería retener los días de su libertad, no le quedaba nada para llevarse, descansaría finalmente de ese mundo podrido y el mundo descansaría de él, del monstruo que en pocos minutos entregaría su alma a la muerte. 
También se encontraba el sacerdote, sintió bastante tranquilidad cuando lo vio, de todas las personas, era el único que lo veía como a un ser humano; le pusieron la primera inyección, el silencio se podía cortar con el aire, pronto terminaría el circo de su condena, en pocos segundos mandaría a la mierda a los que deseaban despacharlo. La ley de los hombres se había cumplido; la ley de Dios era la que daría su fallo final, en la eternidad habría un solo Juez para todos por igual; cualquier cosa sería mejor que esta porquería de mundo donde no hubo oportunidades y ni una pizca de humanidad. Sabía que no tenía justificación alguna, sabía que era lo que se merecía. Al instante comenzó a sentir asfixia, no podía moverse, solo podía ver el techo, las luces le lastimaban sus pupilas, un dolor extremo fue invadiéndolo, el veneno corroía, quemaba cada uno de sus órganos. Alguien lo agarraba fuertemente de la mano, era una mano cálida, amorosa, consoladora, fue lo último que sintió, sabía de quién era, de quien lo había perdonado sin juzgarlo; era lo mejor que se llevaba de este mundo, una caricia piadosa y humana; inmediatamente le pusieron la segunda inyección, después no sintió nada más, quedó muerto; sus ojos quedaron abiertos, apagados, mirando el vacío; el clérigo hizo la señal de la cruz en la frente del difunto, rogando por su alma; inmediatamente entraron unos empleados de la funeraria, retiraron el cuerpo de la camilla y se lo llevaron. Afuera la gente festejaba, reía, en el pueblo quedaba una basura menos.

La sala quedó vacía, a la espera de una próxima ejecución. Detrás de la puerta en el fondo del bote de basura, como mudo testigo y verdugo del asesino, quedó la inyectadora vacía, sin el líquido letal.