lunes, 14 de enero de 2013

N I N A

La conocí una tarde abril en un parque, era otoño, cuando los árboles y las hojas se tiñen de dorado. Fue una tarde de esas que la vida parece detenerse; cuando la vi, también se detuvieron mi oxígeno, mis latidos. Fue como una aparición, ella también me vio y sus ojos me dejaron eclipsado, eran como dos soles ardientes, dos estrellas doradas que atravesaron mi alma, mi cuerpo; desde esa vez no pude alejarme de ella. Yo le dije –Hola; ella respondió con otro: -Hola. Observé su rostro, tan bello, como extraído de un cuadro de Boticelli. Su piel tersa, blanca, su nariz pequeña y recta, sus labios rojos, carnosos, que provocaban morderlos. Devoré los hoyuelos que se marcaban al costado de su boca cuando sonreía; desde ese momento la amé, la adoré, la veneré. Esa tarde nos miramos y seguimos caminando juntos. Fuimos a tomar un café, mi fascinación por ella se aceleraba, se desbordaba sobre la mesa; me tenía idiotizado, hasta hoy no puedo comprender como una persona puede ejercer tanto dominio sobre otra, ¿qué tuvo ella, qué vi en ella para haberme convertido después en lo que fui?


No me pregunten sobre su vida, porque siempre fue y será un misterio, para mí sólo fue Nina, una muñeca de carne y hueso, que me atrapó en las redes de sus brazos, de los cuales nunca más pude escapar. Tomamos un café y otro y otro. Estuvimos allí hablando de no sé qué. Mientras conversábamos sus ojos dorados y enigmáticos giraban, acariciaban, me envolvían, decían todo lo que deseaba saber. Nuestras manos también hablaban entre sí, sin pensarlo se rozaban, agarré sus finos dedos y los guardé entre mis manos, los apreté tanto que la hice gemir. El contacto con su piel comencé a volverme loco. Nina… Nina… Nina… Todo es ahora un vago recuerdo.

Anocheció después y seguimos caminando, perdiéndonos en la noche, sin preguntarnos nada, ya sabíamos adónde nos dirigíamos, desde que se cruzaron nuestras miradas, solamente podía haber un lugar donde acabaría o continuaría nuestra relación. Ella me llevaba, yo sólo la seguía como un autómata, desde que la encontré el mundo pareció dejar de existir; olvidé si tenía mujer, si tenía hijos, madre, hermanos, quería que solo estuviera ella, mi amada Nina, mi adorada Nina; la noche era fresca, la brisa traía olores mezclados, pero únicamente podía sentir el perfume de su piel, el aroma de su pelo largo y sedoso; llevaba puesto un vestido, que al vaivén de sus caderas, delineaba su trasero, ¡cómo la deseaba! y en pocos segundos sería una realidad; entramos a un cuarto, un motel que también olvidé donde queda, qué importancia puede tener el nombre del motel. Entramos, no encendimos todas las luces, sólo la luz del baño, allí nos derrumbamos en el lecho, la deseaba tanto que no sabía cómo acariciarla, no sabía si tenía derecho a profanar la belleza de su cuerpo. Nina fue la que tomó la iniciativa, ella comenzó a desvestirse, a invitarme a acariciarla, con sus dedos acarició sus senos, su vientre, más abajo… ya no pude más… di rienda suelta a mis instintos de fiera, caí sobre ella, devorando cada poro de su piel, sus pezones, toda ella, hasta llegar al centro de su excitación. Nina… Nina… Nina… al acariciarla, al tocarla, al excitarla, su nombre era lo único que salía de mis labios, la excité, la llevé al paroxismo del placer, hasta que sentí que explotaba, entonces allí la penetré una y mil veces. Hoy creo que más que hacerle el amor la violé, así la quise y la poseí, como un loco desesperado; como un vampiro deseaba lamer su sudor, su aroma, su sangre, su olor a hembra en celo. Ella no sé qué sentiría por mí, gemía entre mis brazos, luchando y entregándose al mismo tiempo; dándome el placer y la lujuria que ni en mis más absurdas fantasías podía imaginar. Mucho después, casi al amanecer nos quedamos dormidos, abrazados, desnudos, apretando nuestros cuerpos, yo seguía soñando que seguía haciéndole el amor; esa noche pensé que dejaría la vida que tuviera por estar con ella. No podía ya vivir sin Nina. La necesitaría para alimentarme de su cuerpo y de su amor cada noche. Un solo momento bastó para amarla. Un solo momento bastó para perderla.

Cuando me desperté quise palpar su pelo, besar su cuello, tocar sus senos para excitarla nuevamente. Pero así como uno se despierta de un largo sueño, así fue mi despertar sin Nina. Estaba solo y abandonado en el lecho. No estaba, se había ido, me incorporé de un salto, la llamé pensando que estaría en el baño, desapareció como si se la hubiera tragado la tierra. Me vestí rápidamente, no supe si gritar, si llorar, si patear a todo el mundo; me sentí burlado, estúpido, un monigote usado en una noche de pasión; no podía ser, ¿de qué cuento había surgido esa mujer, con rostro de ángel y ojos de bruja? Nos amamos una sola noche, ahora Nina se había evaporado… Me sentía abrumado, desolado. Comprendí que no había significado nada para ella. Nunca supe de su vida, como dije, nunca pude comprender si fue realmente, un ángel o un demonio. O las dos cosas. Supe al mismo tiempo que nada podría detener el huracán que esa mujer había desencadenado…

Regresé cabizbajo a mi hogar, casi arrastrándome, de vuelta a mi trabajo, a mi aburrida rutina, continué viviendo, mas en mi mente un pensamiento me atormentaba, me perseguía, un nombre se repetía como un eco en mi cerebro. Nina…Nina…Nina… No podía olvidarla, ni arrancarla de mí, la vida debía continuar y no sabía cómo continuarla. Sin ella me faltaba el aire para vivir. Tenía que encontrarla, preguntarle por qué, de qué se trataba todo esto. Quería obligarla a que se disculpara, pero no había modo de averiguar su paradero. Fue un sueño fugaz de una noche loca y apasionada de sexo, un encuentro inverosímil, y yo… ya no sabía quién era yo, me miraba al espejo y no me reconocía, me sentía envejecido, me miraba como a un extraño; con el pasar de los días me convertí en una especie de zombi vagando por las calles, repitiendo estúpidamente su nombre. Y entonces la odié, la odié con todo lo que era capaz de odiar, me lo dio y me lo arrebató absolutamente todo en un instante. Algo comenzó a crecer en mi interior… una furia, un instinto desconocido que comenzó a poseerme igual que lo hizo ella; Nina me había convertido en lo que era, animal más que hombre, un muerto viviente, un pobre diablo, un pelele que soñó ser el dueño de su alma, su amante, su hombre, un imbécil iluso queriendo acabar su pesadilla, porque esto tenía que terminar de alguna forma. Esa rabia fue mi alimento diario para recordarla, el incentivo para buscarla donde fuera, sentía un deseo por Nina, pero más que un deseo de adorarla y poseerla, era un deseo de aniquilarla. No quise luchar contra mis demonios, su recuerdo se fue volviendo obsesión. Nina se sintió con derecho a robarme mi vida. Yo también decidí que tenía el mismo derecho a robársela. Y para siempre…

Así continué pasando mis días, preguntándome mil formas y maneras para volver a encontrarla, entonces recordé el café, donde estuvimos sentados, donde los remolinos de sus ojos me envolvieron para tragarme hasta el fondo del abismo. Y la odié más… Me dirigí al café; dicen que el criminal siempre regresa a la escena del crimen. ¿Ella regresaría también? Porque en ese lugar es donde Nina planificó arruinarme. Fui ese día, otro día y todos los días. Entonces un atardecer la vi, sentada en una mesa tomando café con otro hombre… Maldita. Puerca. Asquerosa. Puta. Ramera. Ya tenía otra víctima en su telaraña. Me quedé a la espera, afuera, para poder seguirla. Pasaron dos horas, ya había anochecido igual que la otra vez. Salieron los dos tomados de la mano igual que la otra vez; todo me sonaba a deja-vu; yo en calma, sereno, frío, en mi mente crecía una sola idea poquito a poco, crecía en mi mente una ira acerada y helada, una ira que iba tomando forma de puñal, de revólver, de cualquier objeto que matara, pero me dije no… con mis manos la hice mía, con mis manos la aniquilaré para que no vuelva a burlarse de nadie más, para que no arruine a nadie más.

¡Y qué casualidad, que los seguí hasta el mismo motel!, ¿irían al mismo cuarto? De repente me imaginé que ese imbécil era también yo. Uno igual a mí pero con distintos zapatos, otro autómata que se dejó arrastrar, siguiéndola como un perro a una perra calentona, siguiendo su perfume caro de prostituta de lujo. Mi piel sudó frío, ira y celos…sobre todo celos… Los vi tomar el ascensor, que comenzó marcar los números de los pisos, uno…dos…tres…cuatro… se detuvo allí también: ¡nuestro mismo piso! Mujer diabólica, víbora enroscada, callejera barata, sentí que mis ojos escupían llamaradas de veneno, de odio acumulado a través de los días que estuve sin ella. Subí lentamente… Nada me detendría. Sabía dónde estaban… No volverías a escaparte zorra... Toqué la puerta, una, dos veces, pasó un minuto… silencio… toqué otra vez… -¿quién es? dijo una voz- no contesté, volví a golpear esta vez más insistente, abrió el cabrón de mierda, estaba semidesnudo, cuando me vio se me quedó mirando, quiso cerrar la puerta súbitamente al ver que era un extraño, pero no perdí el tiempo, quise sorprenderlo, él no tenía la culpa, pero se había metido con algo que era mío, lo agarré, lo empujé hacia dentro le di una patada en los huevos, en la cabeza, otra patada en el culo y lo arrojé del cuarto. Cerré la puerta. En la cama, absorta, mirando la escena con el cabrón estaba ella; la mujer que amé una sola noche, el objeto de mi adoración, estaba en el mismo lecho donde fue mía, ahora sucia de sexo y lujuria entregándose a otro. Sus ojos esta vez no se arremolinaron, ni me hipnotizaron, no daban crédito a lo que veían, estaban paralizados de terror, de pánico. Nina comprendió que sus minutos estaban contados. No pensé más, no la dejé hablar, ni le pregunté por su abandono. No tuve memoria, ni cerebro para pensar: en una fracción de segundos mi ira ciega y descontrolada se desbordó sobre la desgraciada que arruinó mi vida, no llevé armas, para qué si tenía mis manos, que la agarraron por el cuello y la estrujaron con una fuerza descomunal, bestial; esas manos que fueron esclavas de su cuerpo, ahora serían el verdugo que la mandaría al más allá. Seguí apretando su fino cuello, hasta sentir que su último aliento escapaba de su garganta, se fue poniendo morada, en instantes sus ojos brujos se volvieron hacia atrás, quedaron blancos… Y allí la solté, estaba lívida, con sus ojos inexpresivos, sin vida, dos estrellas apagadas y la boca abierta, en su rostro quedó una expresión terrorífica, mirando al vacío, su cuerpo desparramado entre las sábanas aún tibio quedó sobre la cama; hubiera querido besarla por última vez, arrancar de sus labios algo de vida, era inútil, la presa de mi cólera enceguecida, era ahora un cadáver. Me quedé con ella sentado a su lado, con mis ojos secos, sin poder llorar, sin importarme nada, si había sufrido, nada… Fuimos dos víctimas del destino. Adiós Nina de mi alma… te amé tanto como te odié, te odié tanto como te amé. Fuiste el principio y el final de mi amor y de mi vida. No quise escapar, ni correr, me quedaría esperando a que me buscaran. Seguramente el cabrón fue avisar enseguida a la policía. Me entregaría. ¿Qué importaba nada si Nina ya no estaba? Ella se lo llevó todo.


Esa fue mi corta historia de amor, la maté porque la quise locamente, porque no pude soportar saberla en brazos de otro, la deshice entre mis manos estrangulándola. Del hombre tranquilo que fui, pasé a ser un asesino implacable, un psicópata, un ser despreciado por todos, sin embargo, ni con todo el mal que desaté pude matarla dentro de mí, no pude olvidarla; entre mis remordimientos vivirá acosándome, culpándome, sus ojos como nunca viven ardiendo en mí, como una hoguera. Hoy estoy aquí, en esta oscuridad pagando mi condena, sin ver el sol, sin saber qué día es, envejeciendo con el correr del tiempo. Nada espero, nadie me espera. Fui el arquitecto y el destructor de mi destino. Todos los recuerdos buenos se van esfumando, nadie viene a verme, nadie pregunta por mí. Mi mundo es ahora una celda sombría, vivo en el propio infierno de mi encierro y mis remordimientos. No sé todavía si Nina fue una alucinación de mi mente, si la imaginé, o si tal vez ella fue parte de un sueño del cual no logro despertar. Ya no me quedan motivos para vivir, sólo ver pasar lentamente los días, dentro de las rejas de esta cárcel, donde se extinguirá mi vida poco a poco. Y desde esta tumba , me aferro a los barrotes, repitiendo un nombre que como un eco trae la brisa mezclada de olores, Nina… Nina… Nina...

LA PECADORA

…el que esté libre de pecado que tire la primera piedra…”

Quieren saber quién soy? Soy una de estas tantas… una de esas que vagan por esta vida, sin norte, sin brújula; ésa que lleva marcada sobre la frente una señal, para que todos me rechacen, me escupan, me señalen, me tiren piedras, ésa que por error, o mala decisión, torció el sendero de su vida. Tengo el oficio más viejo del mundo… no es necesario adivinarlo. Llámenme como quieran, prostituta, ramera, vaga, malandra, caminadora, callejera, como se les dé la gana. En este antiguo oficio no hay nombres, apodos sí, mi nombre de batalla es Irene. ¿Que por qué, cómo y cuándo llegué adónde estoy? Por todos los motivos y por ninguno. Quizá también porque se me dio la gana. Quizá porque quise encontrar una salida fácil a mis problemas. Quizá a causa este mundo hipócrita, puritano y fariseo. Un mundo machista donde sólo ganan los hombres, donde todo el derecho está a favor de los machos de la sociedad.

 Lo hice por todos los motivos menos por dinero, soy una callejera cualquiera, no soy de lujo, cobro una tarifa normal, soy ave nocturna que se recuesta en el poste de una avenida, de una esquina, a rifarme como una yegua en celo al primero que pase en un auto; salgo cada noche a pelear con uñas y dientes mi puesto en la avenida con otras p… o con los travestis; es en estas horas de la madrugada donde se puede apreciar el verdadero submundo de los que viven fuera de la ley, de la moralidad, de la decencia. Un submundo sin misericordia, sin amor, sin compasión para el que penetre en él. Aquí no valen los sentimientos, ni las lágrimas, aquí la vida humana no vale un céntimo. Todo lo más podrido de la ciudad sale a la oscuridad de la noche, ésos que hacen llamar señores, salen en sus lujosos autos a levantar a tipas como yo. Mayores y jóvenes, depredadores que de día visten trajes de oficina, de ejecutivos, de banqueros, de todos los rangos, en su mayoría casados, levantan a la que más les guste. Aquí me encuentro sumergida, para servir como una esclava del placer y la lujuria. Bueno, ya estoy acostumbrada a todo el degenerado que se me acerque, viejos babosos, puercos, cerdos; tipos sádicos, chicos vírgenes, impotentes, drogadictos, mafiosos, políticos, todos han probado mi cuerpo, con el único objeto de cumplir sus fantasías sexuales, porque las mías no son asunto de ellos ni de nadie.

Vivo sola, tengo un apartamentito bastante agradable, soy puta pero limpia, adoro los perfumes, sobre todo los franceses, las cremas; soy callejera pero me gusta vivir como todo el mundo, con las comodidades, con confort, comer bien, hacer ejercicio, me gusta la música, mirar novelas o películas; no terminé la secundaria, porque siempre fui cabeza dura para los estudios, pero totalmente ignorante no soy; la poesía me fascina, o ¿qué creen? ¿que por ser lo que soy, no tengo mis hobbies, mis preferencias? Mi apartamento pequeño es todo mi mundo, lo comparto con otra compañera que me ayuda sufragar los gastos. Eso sí, aquí no entran hombres, este lugar es sagrado, sólo para mis seres queridos más cercanos. Aquí descanso del libertinaje, aquí no soy esclava de nadie. Me pongo mis shorts, mis franelas punks, me hago mi cola de caballo y soy la mejor ama de casa, cocino una pasta a la carbonara estupenda, detesto las dietas, como lo que tenga ganas de comer. De noche, vuelvo a ser p…, de día, soy una chica podría decirse normal, apenas tengo treinta años, aunque a veces me siento de sesenta cuando me deprimo o me amargo; vivo con un perro y una gata, ellos son los que más me entienden, me cuidan, son los animales más humanos que haya conocido. Los animales son los otros, los babosos de doce a cuatro de la madrugada. 

¿Alguna vez alguien se habrá preguntado qué piensa una prostituta cuando está prestando sus servicios? ¿Alguna vez alguien se habrá preguntado si esa ramera tiene solamente una vagina, unas tetas, un trasero para usárselo? Me tildan de pecadora, pero me pregunto yo, ¿quién pecará más, la que presta el servicio o los que lo utilizan? Es verdad, es mi oficio, yo lo elegí, yo me metí en esto sin que nadie me obligara, pero ¿y los babosos qué? ¿Ellos no son pecadores? A lo mejor yo no soy tan prostituta como las otras. ¿Creen que no me gustaría tener una familia, un marido, hijos? También puedo enamorarme, pero mi corazón no se lo rifo a nadie; me enamoré una sola vez en la vida, vivimos algún tiempo juntos. Él, Ernesto, quería que me saliera de este basural, pero cuando una cae como yo, prostitución, drogas, alcohol, se entra fácil, pero para salir, amigos, ya no hay regreso. Aunque me reencaminara, nunca dejarían de señalarme; esa marca, una prostituta la llevará en la frente el resto de su vida. Una vez tuve una amiga, muy querida, y tuvo la suerte o la bendición de conocer un buen hombre. Se enamoró de ella, le propuso matrimonio y la sacó de esta cloaca asquerosa, y le fue muy bien, tiene hijos, una linda casa, claro que, la pobre tuvo que cambiar el nombre, irse de su ciudad. Hizo bien, la considero una mujer valiente, y por eso la envidio, verdad que la envidio.

Otras mujeres de mala vida, como nos llaman también, han tenido una suerte espantosa, porque en este mundo de oscuridad, florece sobre todo lo peor de los seres humanos, la maldad, la perversión, asesinos y sádicos abundan en manada. Muchas de mis amigas aparecieron muertas en un cuarto de hotel, en un barranco, violadas, acuchilladas, descuartizadas, pero como son prostitutas, la policía no se esmera mucho en investigar sus casos, total la vida de una prostituta ¿a quién le importa?. Mas bien, la mayoría piensa que nos merecemos un mal final por ser esas mujeres sin derecho a ser salvadas; nos consideran el desecho de cualquier sociedad, y puede ser que haya algo de cierto en eso, no defiendo lo que hago, no me escudo detrás de ninguna excusa, al fin y al cabo es un trabajo que elegimos por una decisión errada e irreversible; pero con eso nos ganamos la vida, damos de comer a nuestras familias, pagamos el alquiler, la luz, gastos médicos; desde que el mundo es mundo siempre hubo tipejas como yo. Antes en la antigüedad nos lapidaban, nos quemaban en la hoguera, ahora es otro tipo de inquisición la que nos juzga, la que nos aniquila, la que nos margina. Es la inquisición de una ciudad sin Dios, de los que se sienten mejores que los demás, de la gente falsa que no le importa un comino del prójimo, que tira una limosna de lástima en las misas y después salen a la calle a hablar mal de otros, a juzgar a quien no conocen. No crean que voy a hablar mal de la religión, porque es precisamente en la iglesia donde en muchas ocasiones encontré refugio, ropa, comida, y ayuda para liberarme de las drogas y el alcohol; mis mejores amigas después de mis mascotas, son unas monjitas con las que compartí algunas etapas de mi vida. Ellas atienden el hogar para las mujeres extraviadas, Sor Mariana, ella intentó enderezarme, lo intenté, y lo sigo intentando, siempre recuerdo sus palabras “no vendas tu cuerpo, tu cuerpo no es tuyo, es templo de Dios”, pero ya les digo es imposible salvar este cuerpo cuando se está metida en este pozo sin salida; es como un remolino que nos hunde más y más en el abismo. En el fondo es miedo, pienso, miedo a encontrarme con mi conciencia, miedo a mirar hacia atrás, a encontrarme conmigo misma. La gente me juzga sin saber lo que siento, sin saber quién soy, me condenan a una morir en una hoguera eterna, no los culpo, soy otra libertina más que ha contribuido a corromper sus vidas, sus calles, su oxígeno, sus maridos; aunque ser p… no significa ser mala, nunca le he deseado mal a nadie, ni le hecho mal a nadie, excepto a mí misma; yo me condeno más que ellos, me prohíbo buscar otra vida mejor, soy pecadora sin perdón, mostrando sus nalgas, ofreciéndose al mejor postor, el vicio es mi droga, mi único oficio para sobrevivir. Lo hago porque me gusta o porque ahora ya no me queda más remedio. Sin embargo tengo mis momentos de tristezas, de nostalgia, tengo los sueños de cualquier mujer, ganas de salirme de este lodazal, cambiar de nombre y esconderme en el fin del mundo. 

Sé que si hay alguien que pueda ser capaz de sacarme este infierno de las calles es Sor Mariana, una santa anónima que pocos conocen, una ser excepcional que ha sabido enseñarme así como a otras como yo, que la vida no es sólo ésto, viejos puercos babosos que al terminar de hacerme sus porquerías, o exigir que se las haga yo (porque en este negocio no se pide, se exige), me tiran el dinero en la cama y se van sin darse vuelta, sin preguntarme cómo me llamo, si lo he pasado bien, si desean verme otra vez, si tengo hambre, si no estoy enferma, la verdad una p… les importa una soberana mierda, perdón, sólo sé hablar el lenguaje de la calle; eso sin contar las palizas qué me han dado, (empezando por el proxeneta, que controla mis ganancias, ése sí que es malo, un ser siniestro), cuando no quedaron conformes con mi servicio, o cuando les cobro más caro; la verdad, si hay algo que odio en este mundo es a esos gordos, borrachos y viciosos que derraman su semen inmundo sobre mí y al día siguiente son capaces de ir a comulgar a una iglesia; si hay algo peor que esos patanes no tengo idea. 

A la iglesia me da cómo cosa entrar, nunca fui demasiado creyente, he ido alguna que otra vez, y las veces que he entrado, nunca los domingos, no me daban ganas de salir. Me daban ganas de quedarme horas y horas sentada en el banco, respirando ese perfume especial que hay en un templo. Perfume de paz, de reflexión, de cirios, de silencio, “perfume de Dios” lo llamaría yo. Quedarme un rato mirando las imágenes que me miran mudas, con una expresión tan viva en sus rostros, que no pocas veces me hicieron llorar; que al mirarme parecieran decirme: ”hija vuelve siempre, te perdono, te amo, te amé siempre”, eso me lo dicen los ojos de la Inmaculada, de Jesús Crucificado, del Divino Niño. Pero soy tan cobarde que salí corriendo esas pocas veces. Ese miedo a mí misma que me aterroriza, me hace cobarde, me hace negar toda idea de salvación, de acercamiento a Dios. Es horrible, pero es así, quizá porque me siento muy sucia por dentro, muy corrompida, pienso que Dios no se merece a alguien como yo, o mejor dicho, yo no merezco a Dios. Él tan puro, tan perfecto, yo tan pecadora. Incapaz de huir de esta vida que no es vida, que es una muerte diaria, que como una lepra va pudriendo mi corazón… No sé si otras que han elegido este camino sienten lo mismo; al menos yo tengo este sentimiento. Y hasta a veces me da por presentir que mi final no será feliz. Podría ser de dos maneras, acabar vieja y sola sin ninguna compañía, o muerta destripada en una zanja… Nunca se sabe lo que se puede encontrar en estas calles malolientes; nunca se sabe lo que levantaré en la próxima esquina… Porque no hay muchas maneras de terminar en este oficio. Lo cierto es que nunca tendremos un final feliz. Una vez vi esa película “Pretty baby” era como un cuento de hadas de una prostituta, que encuentra un millonario que la saca de su submundo. Si me hizo reír, me hizo acordar un poquito al caso de mi amiga, eso le sucede raramente a mis compañeras. ¿Quieren que les diga?, podrán encontrar su príncipe azul, que las rescate, que las salve, pero nunca dejarán de ser lo que son. Nadie se convierte de la noche a la mañana. El pasado siempre nos persigue adonde vayamos. Igual les deseo mucha suerte porque se la merecen. 

Por si acaso siempre llevo colgado un crucifijo pequeño de madera, regalo de mi monjita amiga, que por pedido suyo nunca me lo quito ni para bañarme. Lo llamarán superstición, o como quieran, pero si no lo llevo puesto siento que me falta esa protección divina que tan solo El puede dar. Eso es lo que más me hace sentir bien con Dios, con Jesús, que si es verdad como dicen las monjitas, perdonó a todas las Magdalenas que vivimos del pecado. Pero Jesús fue uno solo y tiene muy pocos imitadores. Pienso que Dios no importa en este lugar de la tierra, ni en toda la tierra. el hombre es un ser implacable, sobre todo cuando se sienten poderosos. Mientras tanto sigo deambulando en esta ciudad, caminando perdida como mi propia alma, sobreviviendo como una pecadora entre otros pecadores. Sin esperar, sin buscar, embarrándome cada día entre la suciedad de los hombres. No los culpo a ellos, nacieron así, como nací yo, eligieron la perversión como la elegí yo. Condenados a vagar en su Sodoma y Gomorra, situada en cualquier parte del mapa, condenados porque queremos; de día ellos son inmaculados caballeros, y yo una chica solitaria que le da de comer a su perro y a su gata. En algún lugar vive una parte de mí que no se encuentra, una niña perdida que se extravió en sí misma, que por mala elección se equivocó de puerta. En alguna iglesia hay todavía una imagen hablándome, “regresa, hija, arrepiéntete y no peques más”. Quisiera volver, arrepentirme, renacer con otra alma, ¿encontraré ese camino? Quizá esta crucecita me lo indique alguna vez, la beso, la aprieto con fuerza para no perderla y retorno a las calles de mi perdición….