viernes, 28 de septiembre de 2012

TESTAMENTO DE UN SUICIDA


A quien llegue a leerme: 

Cuando encuentren esta nota ya no estaré en este mundo; ya habrá terminado todo para mí, estaré descansando en paz; no pondré los motivos que me llevaron a esta determinación, pueden ser uno o miles. Podría decir que me maté por una decepción, por que estoy en la quiebra, porque estoy enfermo, porque me siento acorralado, porque estoy entre la espada y la pared. O simplemente porque me cansé de vivir. Creo que es eso. Me harté de esta vida. De esta puta vida que me tocó vivir. Aquí al lado tengo la calibre 22. Supongo que con esta pistola me alcanzará para volarme los sesos. Y si fallo, me tiro por la ventana y chau. Pero de que mato me mato. Estoy encerrado en la habitación de un hotel. El cuarto 414, número capicúa, número de suerte, lástima que para mí se acabó la fortuna, si alguna vez la tuve; se acabó la esperanza, decidí que es mejor terminar. ¿Qué es un pecado? Tal vez, pero soy de los que no creen, si hay un Dios, siento que me abandonó, todos me abandonaron. Dejé de importarle a todos. Cuando me encuentren, a lo mejor entonces, empezaré a importarles. Pero ya será demasiado tarde. Del otro lado no sé que habrá, esa oscuridad será mejor que este mundo que es totalmente negro. No dejo plata, ni bienes personales, ninguna riqueza material, dejo para quienes me conocieron esta soledad, este vacío que no me dejaron vivir. Me voy porque la vida me falló, porque no soporto un minuto más sentirme un desgraciado, un paria. ¿Qué es una salida cobarde? Que alguien se ponga en mis zapatos. Que alguien me diga donde estuvo ese amigo que necesité, esa mujer que no tu ve mi lado, esos hijos en que puse mis esperanzas. Que alguien me diga donde hubo otra salida... Sí, soy un cobarde, porque me da miedo salir a la calle, me da miedo hablar con otros, me da miedo mirarme en el espejo. Me da asco todo, la hipocresía de la gente, tener que levantarme todos los días y darme cuenta de que nada cambia, de que no valgo nada. No puedo seguir; perdóneme alguien el dolor que pueda causar, si es que a alguien le importe mi muerte. Perdóneme el Dios que me volvió la espalda. Perdóneme esta vida que desprecio. Yo no me perdono. Cuando se apaguen las luces también me apagaré yo. Tengo miedo cuando llegue ese momento. Pero del otro lado estará la paz, el silencio, no sé que eternidad me espera, si la hay.... Se supone que es la última alternativa que uno debe tomar, pero es mi vida, me pertenezco, y no me importa nada, nada, nada. Estoy harto de seguir. Harto de estar harto. De escuchar siempre las mismas imbecilidades, el mismo verso, la misma música, aguantar la misma miseria de siempre. Soy un miserable cobarde que no se atreve a dar un paso más. Siento que todo el mundo me dejó atrás. Cuántas veces grité para que me oyeran. Cuántas veces toqué una puerta, o hice una llamada para pedir ayuda, consuelo, consejos, el psicólogo solo me sacó plata y me dejó como estaba, con la misma depresión. Mi mujer, pobre mi mujer, siempre con la casa, con los hijos, con la peluquería, con las compras, vivía en su mundo. Mis hijos, como todos los chicos, ingratos, egoístas, indiferentes, viviendo en la pavada, el papi solamente existía para pedirle plata. En el trabajo, un simple ratón de oficina, sin ningún aliciente, chuparle las medias al jefe para un aumentito, y las tarjetas de crédito que me tragaban todo el mes. Luisita, mi amante, mi amor, quizá el único motivo que me alentó a vivir. Pero Luisita se cansó, de esperar lo que no pude darle. Así somos los hombres, primero la mujer y los hijos, vivimos prometiendo el oro y el moro. Que me perdone Luisita todo el mal que pude hacerle. En gran parte esta decisión va por ella. Sin ella perdí el rumbo. Terminé de hundirme en la apatía, en la melancolía, en el alcohol, en el cigarrillo. Que le voy a hacer, soy un ser acabado. No tengo mucho más para decir, ni me llevo nada, ni dejo nada. En estas sábanas dejaré mi sangre y las pocas ganas de continuar. Dejo mi billetera para que sepan quien fui. Ya se me acaba el tiempo. Dejo en este cuartucho un poco de la historia de mi vida, de mi anónima y vulgar existencia. ¡Qué triste es no importarle a nadie! ¡Qué triste se me hace saber que en este momento mi mujer y mis hijos siguen con su vida, y ni se imaginan dónde estoy, ni qué voy a hacer! ¡Cómo lo lamentarán mañana! Pero no sé si lo lamentarán porque se quedan sin marido y sin padre, o porque se quedan sin la chequera, sin el auto y sin la tarjeta de crédito. Sin mí estarán mejor, dejo un espacio vacío para que alguien más pueda llenarlo, otro tarado que lo usen como a mí. Dejo un corazón herido, para un amor que no se dio, también para ella quedará otro hueco vacío que alguien más llenará y mejor que yo. Dejo al fin esta perra soledad, este ser vacío que fui. Dejo estas lágrimas de hombre que nadie conoció. Porque los hombres también lloramos, aunque no sabemos expresarnos, pero también lloramos, quizá con más amargura que las mujeres. Dejo mi cuerpo que es una molestia, una cruz de carne y hueso que cargo sobre mí mismo. Basta. Para qué seguir, para qué retardar lo que no quiero retrasar. La decisión está tomada. Soy un cobarde suicida que no se atrevió a vivir más. Un mal padre. Un mal marido. Un mal amante. No hice nada bien. Ni siquiera soy capaz de rezar. Ya di la espalda al mundo. Ni le importo al mundo, ni el mundo me importa a mí. ¡Me importan un carajo! No me mato por nadie. Me mato por mí, para hacerme el favor de quitarme de encima tanta porquería. ¿Si me espera un infierno? Acá tuve mi propio infierno, no era de fuego, era de horror hacia mi propia existencia. Sentirme nulo, poca cosa, un cero a la izquierda. ¿Se necesitan más motivos? Punto final. Que Dios, si existe, por lo menos me dé valor para apretar el gatillo. No sentiré dolor, no más que el que he sentido en esta miserable vida. Ya pagué mi precio. Para quien encuentre esta nota, hágala llegar a la dirección que dejo al pie. Que recojan mi cuerpo y hagan con él lo que les dé la gana. Total donde me pongan seré comida de gusanos. O cenizas que podrán ser arrojadas al mar o al viento. Ya nada ni nadie podrá lastimarme más. Ya ninguno de ustedes, los que me conocieron, tendrán que preocuparse, si les fallé, lo lamento. Sinceramente, dudo de que llegue a hacerles tanta falta, ¿ahora que me muero me van a necesitar? No sean hipócritas. Mejor deséenme paz como yo se los deseo a ustedes. Y si quieren rezar por mí no me voy a ofender. Aunque he sido siempre un incrédulo, una oración nunca estará de más para el que sí crea. Adiós vida ingrata. Adiós a todo y a todos. Perdónenme, como yo los perdono. Adiós. 


P.D.: un hombre llamado Juan Manuel P. de unos sesenta años, fue hallado muerto en una habitación de hotel, con un disparo en la sien. A su lado estaba esta nota teñida en sangre. Su cuerpo fue entregado a sus familiares.

Reflexión: Juan Manuel tomó una decisión, la última que debería tomar un ser humano. Muchas veces condenamos a los suicidas, o nos horroriza esa tragedia; antiguamente se les negaba el entierro cristiano, hoy no sé si es tanto así. Las oraciones no deben faltar. El suicidio, se considera un grave pecado, porque tomamos nuestra propia vida como si fuera nuestra, cuando no es así, porque nuestra vida entera le pertenece al Creador. Nos negamos la posibilidad de tener esperanza; nos negamos a creer, que siempre sale el sol, que cada día trae nuevas oportunidades; pero también los que están a nuestro lado son responsables; cuando una persona se quita la vida, debemos preguntarnos: ¿dónde estábamos en ese momento? ¿qué hicimos por ese amigo que estaba deprimido, perdido en las drogas o en el alcohol? ¿por qué no corrimos a su lado cuándo nos llamó por teléfono y no le hicimos caso? Recemos siempre por esas personas que se negaron su última oportunidad de vivir, aunque la responsabilidad fue de ellos, como seres humanos ante Dios, no nos quitemos nosotros la nuestra, reconozcamos que en algo fallamos, que quizá pudimos evitarlo. No podemos culparnos, pero sí podemos reflexionar para un futuro. Amémonos los unos a los otros. Seamos buenos amigos, buenos hijos, buenos padres, no seamos indiferentes al dolor ajeno, al drama que puede estar viviendo un ser querido. Mañana también puede tocarnos a nosotros.