martes, 31 de marzo de 2015

UNA DE VAQUEROS - CAPÍTULO I


 A John Wayne, una leyenda del western

Ernesto llevó a su pequeño Tintin de ocho años a la cama, le puso su pijama, le hizo rezar sus oraciones y después lo cubrió con la cobija.

-Ahora, amiguito a dormir que mañana hay escuela

-mmm papi, pero todavía no tengo sueño. Puedo ver la tele?

-Olvidalo, nada de tele, cuenta ovejitas y verás que el sueño llega rapidito. Cierra los ojitos, así... Le dio un beso y fue a apagar la luz

-Paaa Tengo miedo No apagues la luz

-Eso te pasa por estar viendo los monstruos de la tele Vamos, hijo, a dormir

-Mientras me duermo no me puedes contar un cuento?

-Bueno uno nada mas Cual quieres que te cuente? No me sé muchos

-Ya se pa, cuéntame uno de vaqueros

-De vaqueros? Te gustan los cowboys? Eres de los míos

-Si papito Con pistolas, caballos, indios y todo eso

-Esta bien, de acuerdo, pero te vas durmiendo


-Como se llama tu cuento de vaqueros?

-El forastero

-Lindo pa, anda, cuéntamelo

EL FORASTERO


Cutton city ano 1873 lejano pueblo del oeste, al este de Oklahoma. Por aquí pasaron muchos famosos pistoleros como Billy the kid, Butch Cassidy, Jesse James y otros no tan conocidos pero no menos peligrosos como Johnny Cow, Butch Donaghy, Kurt Douglas alias «Bull» y otros que dejaron sus huella de tiros y muertes La prosperidad y el desarrollo estaban dando sus frutos, el telégrafo, la imprenta, y las vias para el ferrocarril se iba construyendo. La diligencia llegaba cada tres meses trayendo pasajeros y el correo. Los primeros colonos que se instalaron echaron sus raíces; cuando descubrieron oro en las viejas minas del río Yellowstone, muchos se hicieron ricos, pero otros tantos murieron por la sed de la avaricia y la ambición. Y las aguas azules y  tranquilas del Yellowstone se tineron de odio y de sangre. Fueron pasando los años y la venganza y la violencia se fueron aplacando. El pueblo vio pasar muchos sheriffs. Hoy era un lugar manso, quizá demasiado tranquilo si se quiere. Por sus calles transitaban las damas elegantes con sus grandes sombreros floreados, o correteaban los chiquillos jugando a los pistoleros. Tenia su comisaria, al lado la barbería de Louis Grant, uno de los mas viejos del pueblo de Cutton. En la esquina la tienda de Sam Pelton, que la atendía con su mujer Georgette Kent, una de las mas chismosas de por ahí.

En frente la cantina de Bert Larson donde se reunían todos los hombres para beber, jugar al póker, de vez en cuando había alguna pelea, trompadas, vidrios rotos, alguno que salía despedido por el aire a la calle, pero la cosa no pasaba de eso. El marshall Kenneth Duggan no permitía disparos, y el que se pasaba de la raya pasaría la noche en la única celda que tenia en la comisaria. La ley se hacia cumplir en Cutton City y Kenneth Duggan se encargaba de que asi fuera. Al lado de la cantina, el Gran Hotel Cutton, dirigido por la bella Cathy Lee Drew, bella mujer de frondosos cabellos rubio y un vestido escotado por donde asomaban sus turgentes y blancos senos, acompañada de sus bellas chicas Brenda, Lily, Sandra y Marilyn, que mostraban sus piernas todas las noches y complacian a los chicos buenos y a los chicos malos con tragos,  besos , bailes mostrando mas arriba de sus pierna  y cobraban de 50 a 80 dolares según las exigencias de los pretendientes. La música de la pianola alegraba las noches. Arriba se hallaban los cuartos donde prestaban su servicio de prostitucion.


Y por supuesto no faltaba la pequeña iglesia protestante del Reverendo James Maccarthy joven párroco, recién llegado de Dublin, Irlanda a Cutton. Enseguida se gano el cariño de todos por su simpatía y su don de predicar con la biblia, sermoneando a algunos, bendiciendo a otros; cada domingo la campana del templo sonaba estrepitosamente para que asistieran al oficio donde cantaban himnos de gloria, el joven reverendo hablaba de Dios y de los problemas que afectaban al pueblo. Hombre de intachable conducta y moral el reverendo aunque el se consideraba un pecador como todos.

En la última calle estaban la herrería de Martin Polk, la pequeña escuela de la maestra Samantha Timmers y el consultorio del Dr Oliver Trent quien atendía de día; era doctor para todo, desde dolor de oídos a mal de estómago hasta los partos de cada bebe que naciera; y hasta de veterinario no pocas veces le tocaba atender.

En toda la esquina de la entrada a Cutton City estaba el Bank Trust Bank de quien era propietario Salomon Liebermann, uno de los mas ricos del pueblo.

Era mediodía. Había mucho movimiento. Sam Pelton sacudía los estantes de  su tienda mientras su mujer Georgette comadreaba en la esquina con varias amigas.  -mmm si, ya les digo señoras mías, no se puede ya ni caminar por este pueblo, esas mujeres  están pervirtiendo este lugar con sus costumbres pecaminosas. Pero no saben la ultima... A que no saben a quien se pudo ver ayer rondando la casa de Madame ... ? Y las tres mujeres juntaron sus cabezas para tapar el secreto

-Mujer! Ven a ayudarme que hay mucho trabajo! Dejate de chismorrear

-Las dejo porque mi marido esta insoportable Adiós queridas! Las espero a tomar el té! Sam la reprendió -¡Entra!-

En la comisaria el marshall Kenneth Douggan, hombre pelirrojo, fornido, de camisa a cuadros, muy alto, de 1,90 mts  hablaba con su ayudante Kevin Troy, joven chico de veinticuatro años, novato pero deseoso de aprender las artes de las pistolas. Estaba loco por «cazar» a uno de esos pistoleros fugitivos  Por ahora el marshall lo mandaba a hacer recados al telégrafo, a vigilar la cantina, o a dar una vuelta al Grand Hotel por si las chicas tenían algún lío con los caballeros de turno. Casi siempre se propasaban o les pegaban. Pero ese dia se esperaba la diligencia que llegaría de Tumbstone, trayendo el correo y algún visitante nuevo. Dia quieto y caluroso. Sentado en su escritorio extendió sus largas piernas sobre la mesa, bajo su sombrero sobre sus ojos para dormitar un poco; en la celda dormía Timmy, uno de los que se emborrachaban en la cantina. No creía que se despertara, allí seguiría hasta el otro dia. Cuando estaba medio dormido, la puerta se abrió con fuerza. -Marshall! Llego la diligencia! No viene Marshall?

-Tranquilo Kevin Por que tanto alboroto? Tu adelantate Ya voy

-Desde aquí la veo! Llego mas temprano. Llegaron cuatro personas Venga, apurese, vamos a recibirlos!

-Será que nunca viste una diligencia, muchacho tonto?

-Una diligencia si, pero unas preciosuras como las que llegaron no.

Salió con pocas ganas. Pluma de Águila se mecía en la vieja silla de madera fumando su pipa. El gran jefe de la tribu comanche, taciturno, callado, observaba cada movimiento. Demasiado viejo ya, de pelo blanco, ya había colgado sus plumas de gran cacique, llevaba su pelo trenzado y usaba un gran sombrero rojo,  con la sabiduría de sus años y la serenidad de su espíritu, había visto pasar la vida de los nativos de Cutton, había visto nacer y morir a muchos. Respetado por la mayoría y despreciado por esos cuyos esposos o hijos o mujeres habían sido asesinados en los tiempos de la cruenta guerra con los indios. Corrían tiempos de paz, pero en sus ojos alguien hubiera podido leer otra cosa, como si un viento frío los helara por instantes.

-Pluma de Águila, que te trae por aquí? Quieres tomar una cerveza? Cuentame que novedades tienes? Lo saludo Duggan

-Yo no tomar hoy. Mucho silencio. Mucha calma. Un viento traer presagio. Algo pasar. Antes de acabar la noche alguien morir

-Vamos amigo No digas eso. No levantes polvo con tus palabras. Mejor que todo siga igual No tiene por que pasar nada

-Espíritu de la montaña hablar. Águila blanca volar sobre colina. Decir que un forastero venir. Mucha sangre derramar. Yo irme a reservacion. Mi pueblo llamarme. Adiós

-Adiós gran jefe. Pensó después -Indio loco, la pipa le está dañando el cerebro. En la esquina de la herrería de Martin, de la diligencia descargaba las valijas polvorientas el conductor Barry Lomat, mexicano de nacimiento, -Bienvenido Barry, como fue el viaje?

-Tranquilo Marshall, un viaje tranquilo, mucho polvo, mucha sed, algunos indios pero pacíficos. Pero llegamos sanos y salvos

-A quien trajiste?

-Dos hermosas damas, Peggy Frances Smith y Constance Maccoy  que se subieron en Tombstone, se instalaron en la posada de Martha Keller, la que esta al lado de la iglesia. Creo que vienen a instalar una librería.  Un comerciante de Carson City, Spencer Hill, que viene a comprar ganado y...el otro es cierto caballero, casi no hablo en todo el camino. Es algo extraño. Ya lo verás.

-¿Donde está? ¿También lo llevaste  a la posada?

-No, amigo. Me preguntó donde estaba la cantina.

-Te dijo su nombre o de dónde venía?

-No. Solamente desde que se subió cruzó pocas palabras Cuando las damas le preguntaron su nombre solamente les dijo que era un forastero...  Y a propósito Marshall me pareció  que iba armado

El Marshall Duggan frunció el ceño. Olía problemas. Quién sería? Qué buscaría? Debía encontrarlo y averiguar. Al cruzar la calle para dirigirse a la cantina, las palabras de Pluma de Águila resonaron en su mente y un viento frío le quemo los ojos...

Abrió las puertas de par en par. En las mesas jugaban poker Sony el feo, Thomas Link, Humphrey Bent y Bennie Casio, los cuatro que siempre buscaban pelea o hacían trampa. En el mostrador varios tipos tomaban whiskey que les servía Bert Larson, hombre chistoso, bonachón, usaba un delantal gastado y sucio de tierra.  Cuando vio al marshall lo miro algo serio, intento hacerle una seña con los ojos; Duggan entendió que se refería al forastero. En la otra punta del mostrador un hombre todo vestido de negro, desde el sombrero hasta sus botas, tomaba su trago dándole la espalda. En su cinturón podía notar que llevaba una Colt 45

-Buenos días, soy el Marshall Kenneth Duggan Que le trae por aquí?

El hombre no contestó. Volvió a beber de su vaso. Ni levantó los ojos Solo bebía. En el salón no volaba una mosca. Un aire distinto cortaba el ambiente. Un aire que desde hacía mucho nadie sentía. Aire de disparos. Aire de muerte

-Mire amigo, no quiero ser hostil.  Este es un pueblo tranquilo Hace muchos años que aquí no se oye un disparo Y me encargaré que continúe así Por lo que le agradeceré deje su revolver en la comisaria

Al fin el forastero rompió el silencio -No se preocupe Mañana me iré de aquí Cuando termine de hacer lo que vine a hacer

-¿Qué es lo que hará? Oigame bien. No quiero a nadie herido O tendrá problemas conmigo. No recuerdo como me dijo que se llama

-No se lo dije pero le diré me llaman Glenn el forastero

-Pues no me gusta su nombre. Y no me gusta Ud tampoco Este es un lugar pacífico No creo que haya algo que le interese en este sitio. Le advierto, entregue su arma y no habrá líos

-Yo no vine a herir a nadie. Vine a matar a alguien

-Por encima de mi cadáver Ud matará a una persona Aquí nadie lo conoce. No me provoque

-El que yo vengo a matar aún no ha llegado. No es de Cutton city

-Por qué no resuelven sus problemas en otro lado? No queremos sangre ni queremos forasteros

El hombre de negro tan alto como el Marshall terminó su copa Se levantó acomodando el ala de  su sombrero. Ahora sí pudo verlo mejor, de rostro delgado, ojos pequeño, labios finos, cejas gruesas y de barba oscura. Lo miró burlonamente -Créame amigo Marshall, mañana los habré liberado de un coyote, de una serpiente venenosa. Tarde o temprano me lo agradecerán