UNA DE VAQUEROS - CAPÍTULO II


La cama se sacudía agitadamente enel cuarto del Grand Hotel; Lily, la pecosa, contorneaba sus redondas nalgas arriba de su cliente, desnuda totalmente, con un collar de cuentas rosadas que adornaban su fino cuello. Era de piel muy blanca y rostro aniñado, con muchas pecas, de allí su apodo; llevaba casi toda la noche con el recién llegado. No le preguntó su nombre. Niguno de los que pagaban para retozar, tenían nombre. Debajo de los pantalones todos eran iguales. Salvo que algunos las trataban mejor y otros eran unos perros salvajes. Este ni hablaba ni expresaba nada. De músculos rígidos como el acero, se limitaba a que lo complaciera. De ojos fríos y oscuros, apenas tocó su cuerpo, como si le asqueara. No le gustaba nada ese mono. el hombre terminó de gozarla al fin. Y paró.

-Basta, bájate, me tengo que ir - sonó su voz seca y cortante. No había ningún tipo de sentimiento en esa voz. No es que esperara alguna delicadeza, pero casi todos contaban algún chiste grosero o prometían volver y a veces hasta le hacían regalos.
-Claro, encanto, ¿no quieres más? -Insistió la pecosa, tratando de ablandarlo.
-No. Te dije que te bajes - y le dio un empujón que casi la tira al suelo. Lily lo miró asustada y molesta a la vez - que se creía ese petulante -
-¡Oye! ¡A ver cómo me tratas! -Gritó Lily, mientras se ponía su vestido verde de volados azules - ¡Vaya con tus modales!
El hombre se vistió rápidamente. Llevaba un abrigo largo de cuero negro. Pantalones con flecos marrones. Botas cortas de cuero de vaca. Se puso su sombrero marrón, arrojándole  a la chica, cien dólares arriba de la cama.
-Gracias, muñeca, un gusto haberte conocido y cerró la puerta del cuarto N° 6.
Lily se quedó mirándolo (-Cretino-pensó) -Vaya con el tipo. Espero que se pierda y no vuelva- La chica, aún sentía algo de temor, nunca lo había visto y le daba mala espina. Algo, no sabía qué, le causó rechazo, su mirada, su voz.No le habría caído tan feo, a no ser por esa profunda cicatriz que cruzaba el costado de su rostro...Lo miró por la ventana. Aún estaba ahí en la esquina, como esperando a alguien. ¿A quién? Dejó la habitación para bajar a tomar algo. Le contaría a Kathy Lee, su aventura con bruto ese.

El del sombrero marrón bajó las escaleras, atravesando el hotel. Caminó hasta la esquina, encendió un puro, miró el reloj, las 7.20 am; miró hacia todos lados y hacia el Trust Bank, faltaba una hora. (no vio a Lily que lo observaba desde la ventana) Esos imbéciles no habían dado señales. Lo habían calculado bien antes de salir de Tombstone, él y Chucky, perpetrarían el atraco. Someterían al cajero, a esa hora no debería haber mucha gente. Manolo y Buster, vendrían con los caballos, para recogerlos y después correrían sin parar hasta llegar hasta el Cañón del Diablo. Un millón de dólares para vivir tranquilos el resto de sus vidas. Debía ser un golpe limpio, sin muertos. Sería el último golpe de su vida. El último...

El reverendo MacCarthy, ordenaba algunas provisiones, que había recibido de su grey para llevar a las familias más necesitadas. Ropa, juguetes, alimentos. Se sentía muy agradecido a las familias Larson, Grant, a los Pelton, a la señorita Timmers, que aunque era solterona y con menos recursos, ayudaba con lo que podía. Era una mujer joven, de treinta años, el tenía tres años menos. A él también le abrumaba la soledad como a ella. Servir a Dios, no significaba que no pudiera amar y ser amado. Samantha Timmers, era la mujer perfecta para él. Sería una buena esposa y madre. Pero en el pueblo, no faltaban las lenguas de víbora, como la señora Kent y sus amigas, Caroline Tuntorne y Cynthia Adams, que vivían pendientes de los demás. Debía cuidarse de ellas, si decidía alternar más con Sammie. Un golpe en la puerta lo sustrajo de sus pensamientos...
Caminó entre los bancos de la iglesia. No esperaba a nadie a estas horas. Al abrir la pesada puerta de madera, un hombre de camisa negra y pantalón negro, con un pañuelo verde anudado en su cuello, lo veía seriamente. Su figura la parecía un tanto lúgubre. Glenn se quitó su sombrero, dejando ver su larga cabellera renegrida, que caía sobre sus hombros.
-Buenos días, Reverendo, ¿lo estoy interrumpiendo?
-No. Pero pase por favor. Usted me dirá en qué puedo ayudarlo. ¿Es para algún servicio? Creo que no le conozco.
-Llegué ayer en la diligencia desde Tombstone. Estaré poco tiempo. Necesito que me escuche atentamente, reverendo, si me lo permite.
El reverendo MacCarthy le preguntó intrigado:
-¿Sucede algo? No entiendo nada. ¿En qué podría yo ayudar? ¿De qué se trata señor...?
-Glenn Foxter. Pero sólo para usted. Para todos, soy Glenn e Foratero. Espero lo entienda, padre. Nada ha sucedido, pero va a suceder; en cualquier momento. Le resumiré en pocas palabras, porque no hay tiempo. Han llegado a este pueblo, cuatro pistoleros muy peligrosos. Son ladrones y asesinos. Tienen planeado robar el Banco. Sólo tenemos una hora. Debemos evitar heridos o muertos. Aunque no es domingo, es jueves, usted tocará la campana, cuando yo salga de aquí, con el fin de atraer a la mayoría de las personas; usted inventará cualquier excusa. Debe tratar por todos los medios, de mantenerlos entretenidos con su sermón.
-¡Mi Señor! ¡Esto es horrible! ¿Cómo haré? Este sitio es tan pacífico. ¿Por qué vendrían esos malhechores a querer robar y matar?
-Hay un millón de razones, reverendo, que los motivó a venir. Tengo que irme ahora. El tiempo corre.
-Vaya con Dios. Haré lo que pueda y que el Señor me ilumine. Haré lo que me dijo. ¡Buena suerte!

Glenn aseguró su cinturón con dos pistolas... Tenía confianza en su puntería. Pero sabía bien a lo que se enfrentaba. Jack Foster, era uno de los más rápidos de Tucson, su ciudad de origen. Era uno de los más veloces en desenfundar. Quería encontrarse cara a cara con esos bribones. En cuanto se alejó del templo, la campana comenzó a tañir fuertemente. La gente comenzó a mirar confundida hacia la iglesia. Entendieron que era un llamado. De a uno, de a dos, de a tres y más, salieron de sus hogares, de sus comercios, cerrando con prisa las puertas. Mujeres, niños, hombres, fueron casi corriendo a la capilla. En la esquina del hotel, el de la cicatriz observa intrigado lo que sucedía. Eso podía trastocar los planes -¡Maldita sea! ¡Justo ese día y esa hora! - Pero debían seguir con su plan, o todo se iría al demonio. Aunque, pensándolo bien, les ayudaría mucho que el lugar quedara vacío. En cuestión de minutos, las calles del pueblo quedaron desoladas; sólo el viento levantaba el polvo de las calles. Cuatro o cinco quedaron en la cantina. El pastor hizo entrar a todos, se persignó y cerró las puertas...

Salomón Liebermann, no sintío las campanadas, ni el alboroto, además, él no abandonaría su trabajo, por nada del mundo. No se dio cuenta que era prácticamente, la única persona que había quedado en todo Cutton City. Hombre sumamente pequeño, pelado, encorvado, de aspecto desagradable, contaba los billetes, desde sus ojos diminutos, escondidos detrás de sus lentes. La caja fuerte estaba guardada, oculta detrás de un cuadro en la pared. Ese dinero, debía ser transportado antes del mediodía, en la diligencia que iba a Los Angeles, California. Miró el reloj colgado, las 8.15 a.m.; aún sobraba tiempo, siguió contando sin perder la concentración, 80, 90, 100, 200... Algo lo distrajo de su conteo, levantó sus ojitos, un poco... Un enmascarado con pañuelo negro, le sonreía desde la ventanilla, apuntándole con un arma.
-¡Arriba las manos, viejo! ¿¡No te lo esperabas"? ¿Eh? ¡No! ¡Ni se te ocurra hacer ningún movimiento! Tampoco sueñes que vendrán a ayudarte. En el pueblo no hay nadie. ¡Te dejaron solo! Jajajaja.  Todos se fueron a rezar a la iglesia. Ahora, muy lentamente, ábreme la puerta de vidrio, despacio, y no intentes nada, porque te abriré un hueco en esa calva sudorosa.
Lieberman, aterrorizado, abrió la puerta. No lo podía creer. No podía estar pasando. Dejó entrar al tipo, quien lo sujetó con fuerza por su cuello. -¡Camina anciano, rápido!, ¡muévete! Chucky vigilaba la puerta del banco. Todo parecía ir como querían.
El banquero le mostró los billetes que tenía en la taquilla.
-Aquí tiene, señor, se puede llevar todo - le dijo temblando como una hoja.
-¡Vamos, imbécil! ¿me quieres tomar el pelo? ¿Crees que vinimos hasta aquí para eso? ¡¿Dónde está la caja fuerte?! ¡¡Hablaaaa!!! ¡Que se me termina la paciencia! Liebermann apuntó con el dedo hacia el cuadro.
-¡Ahhhh! ¡con que aquí estaba! - exclamó el hombre, quitando el cuadro- ¡Dame la combinación! ¡Qué esperas! ¡Apúrate, dímela!
-Espere...no me acuerdo bien - Tenía tanto miendo, que su memoria se bloqueaba. El enmascarado le dio un fuerte golpe en la cabeza 
-Más vale que te acuerdes viejo cuervo, y si crees en Dios, mejor que empieces a rezar, porque sino hablas, seré lo último que veas en tu cochina vida.- Salomón comenzó a decir los números, despacito... 30 izquierda, 18 al centro...

En la comisaría, Kevin Troy, el ayudante de Duggan, estaba intranquilo. -Algo pasaba ahí afuera. Mucho silencio. Miró por la pequeña reja de la ventaba. ¿Dónde estaba todo el mundo? Las calles estaban muy solitarias, y Duggan jugaba un solitario, como si existiera él, nada más.
-Marshall, ¿usted no se ha dado cuenta de que no hay nadie en las calles? Tengo un mal pálpito, y la sensación de que me he perdido de algo...
-Pues, sal afuera y averigua. Será que este calor los tiene adentro de sus casas.
-No lo creo...Es otra cosa...
-Ok. Cuando lo sepas, me lo dices. Ahora no me interrumpas el juego, chico

Pero una voz dijo desde la puerta:
-Pero yo sí que interrumpiré su solitario, Marshall Kenneth Duggan. Creo que es hora de que desempolve sus pistolas. Empezará la acción en este sitio.
Duggan no podía creer lo que veía. Ese tipo era sordo o era más terco que una mula. Ya lo creía a kilómetros de allí y ahí estaba, como un justiciero buscando venganza.
-¡Vaya! Como que usted y yo, no nos entendemos, forastero. Me pareció haberle dicho que se fuera de Cutton. O a lo mejor quiere que lo encierre ahí dentro.
-Lo lamento, Duggan, se acabó el tiempo. Mientras usted está ahí, sentado jugando con sus naipes, y recitándome sus estúpidas amenazas, en este mismo momento, están asaltando el Trust Bank.
-¡Oiga, payaso! ¿Por quién me toma? Invéntese otra cosa mejor. ¡Asaltando el Trust Bank! ¡Por favor!

Glenn sacó de su bolsillo del pantalón un papel doblado. Un aviso de búsqueda: "Vivos o Muertos", mostraba los retratos de cuatro individuos -Jack Forester, Chucky el Niño, Manolo Fierro y Buster Curtis 
- ¿Convencido ahora? Forester y el Niño, están adentro sometiendo a su banquero y los otros dos están esperando afuera, con los caballos para huir hacia el desierto con un millón de dólares. Toda una fortuna. Y quién sabe si el señor Liebermann salga vivo de todo esto. Son muy sanguinarios.
-¡Me parta un rayo! ¿Desde cuándo sabe esto?
-Hace meses les vengo siguiendo la pista. Esos sujetos son míos. Tengo órdenes de llevarlos a Tombstone, con vida si es posible, para que sean juzgados y condenados por el Juez Clipton Stalon. Seguramente los espera la horca.
-Lo lamento, desde que llegó, su actitud era muy sospechosa. ¿Qué plan tiene para capturarlos?
-Laméntese después, tome su rifle o su pistola, o las dos cosas. La gente está en la iglesia reunida por el reverendo.
-¡Ya me decía yo! - exclamó el chico Troy
-Tú quédate aquí, estás muy novato; el Marshall y yo nos dirigiremos hacia el banco. Cierra bien y no asomes tu nariz.

Mientras tanto, Duggan sacó una estrella de plata para darle al forastero - Tenga, póngasela para cumplir con la ley-. Glenn, sonriendo, sacó una placa dorada reluciente, del interior del bolsillo de su camisa.
-Gracias, pero tengo la mía.- La estrella tenía las siglas de "Ranger de Texas"
-¡Me lleva el diablo! Gritó Kevin Troy ¡Se lo tenía bien guardado! El Marshall cargó rápidamente su Winchester 73 y su vieja pistola calibre 38. -¡Cuánto hacía que no tenía un día de estos!- De vez en cuando no venía mal algo de disparos. Se había acostumbrado a esa paz rutinaria, y de repente, unos locos se habían apoderado de Cutton City. Esta vez, el Ranger tenía el control de la situación. Ambos salieron a la calle. Empezaría la acción...

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