viernes, 21 de agosto de 2009

miércoles, 12 de agosto de 2009

SIN PALABRAS


MONÓLOGO CON LA SOLEDAD


Hablar contigo es hablar conmigo, de estos espacios vacíos entre el aburrimiento, la ansiedad y las horas que se hacen eternas; somos la cara y la contracara de dos que se aman y se odian, cuando te alejas mucho tiempo te extraño, se hace necesario tu silencio, tu imagen invisible que no conozco porque no tiene forma humana, la presiento pegada en las paredes, en la cama, a mi espalda, donde vayan mis pasos; cuando me peino ante el espejo, estás ahí mirándome cínicamente, burlándote de las arrugas que ya no puedo tapar con ninguna crema, de ese cansancio que asoma en mis ojos. 

Cuando vuelves te detesto, lucho por arrancarte de mi cuerpo, de mi ropa, de mis zapatos que dejan tu huella también. Desde mis entrañas te llevo pintada de gris, de sombra, agazapada detrás de mis hombros, por si intento escapar de tus garras. ¿Adónde podría ir sin que me siguieras? todas las calles, todos los caminos, hemos andado y desandado, compañeras y enemigas; estoy hablando a solas pero también estás gritando desde el patio que te deje entrar, que son las ocho de la noche, que tú, soledad... irónicamente también te sientes sola. 

Monstruo de mil cabezas que devoras los sueños, ahuyentando alegrías, destiñendo albas; dueña de mis miedos, de mis pecados, de mi desesperanza. Soledad milenaria, te parieron los amores imposibles, los recuerdos polvorientos, los versos acumulados en el alma, y las agujas del reloj que avanzan sin perdonar el pasado ni el mañana. 

Esta pieza de paredes amarillas, se asemeja a un cuadro de Van Gogh sin girasoles, en la colcha amarilla estás sentada o acostada, dictándome el pensamiento, apoderándote de mi mente, tú inspiras, yo escribo como una autómata este desprecio que te ganas al correr del teclado. Tú tienes lástima de mi orfandad, de estas ganas de patearte, de tirarte por el abismo de una montaña, de ahogarte en una playa; de cuántas formas podría asesinarte... y si te mato volverías a reencarnar en otra como tú. 

Porque ahí donde vivas tú estaré yo, ahí donde yo esté, invariablemente tú; a pesar de que me has arrancado tanto, lo mejor que tuve, lo que más anhelaba, el intento por odiarte es más que inútil, porque a pesar de todo te llevaste algún recuerdo más no el olvido. Trajiste un agridulce dolor que bebo con el cáliz de mis derrotas, que se mezcla en mi sangre y vierto entre lágrimas claras y resignadas. Y esos besos que murieron en mi boca, en cada aurora vuelven en rocío de antaño como gotitas de lluvia humedeciendo el papel, la prosa. 

Eres definitiva, como la parca que más tarde o más temprano arañará el portal de mi tiempo. Definitiva mas no infinita, allí nos diremos adiós, distintos trenes tomaremos, tú irás a otros brazos desnudos, a otro cuerpo vencido de desamor y fracasos. En esa última estación veré por última vez tu faz esquelética, tus ojos sin pupilas, tus manos de humo y neblina; entraré a otra puerta desconocida, a otra galaxia de sueños, de esperanzas, y definitivamente allí no estarás tú... estarán quizá las respuestas que no sé, esperaré una voz que me guíe, que me anuncie que llegué al puerto final donde la eternidad te habrá vencido, soledad... 

viernes, 7 de agosto de 2009

LA COARTADA (CUENTO DE MISTERIO) CAPÍTULO I


Iba a cometer la peor estupidez de su vida, pero esa chica lo tenía loco hacía algún tiempo; estaba seguro que había querido provocarlo; todas las noches, casi a la misma hora, corría las cortinas y comenzaba su ritual de desnudo. Se quitaba la ropa de forma lenta, provocativa, algunas veces se masturbaba un poco, luego pasaba a la ducha, podía ver a través de la puerta corrediza transparente su silueta desnuda que se enjabonaba lentamente todo el cuerpo, haciendo movimientos eróticos; el apagaba las luces cuando sabía que ella entraba, para poder observarla sin ser visto, al menos eso pensaba él. Pegado a la venta sentía correr las gotas de sudor sobre su cara, su miembro se endurecía, seguía el juego de la mujer, acariciándose los senos, los muslos, más al centro... al final no soportaba tanto ardor y se desahogaba frotándose desesperado. 

Así comenzó a idear un plan para poder poseerla, sería de él; vivía en el edificio de enfrente, un piso más arriba; la mujer era enfermera, lo sabía porque la veía llegar con su maletín y el guardapolvo blanco entre sus manos; trabajaba en el turno de la mañana en el Hospital Central hasta las siete y algo de la noche; vivía sola, estaba separada, el marido era un cabrón que la había dejado por una mosquita muerta. No entendía como había podido dejar semejante lindura de chica; aunque pasaba los treinta años, volvía loco a cualquier hombre, de tez trigueña, cuerpo escultural. A veces trataba de encontrarle algún defecto pero la veía cada vez más apetecible. 

No podía controlarse cuando llegaba la hora de verla a través de su ventana, casi no quería salir, dejaba de lado cualquier compromiso, para estar a su lado desde la oscuridad, y aunque podía buscar cualquier mujer en la calle, para poder quitarse esas ganas insaciables para desahogar su apetito voraz y animal, no lograba que ninguna le atrayera; esa chica se había convertido en su obsesión, y no podría vencerla hasta tenerla con él. Tenía que urdir un plan antes de volverse loco, -serás mía, toda mía...- lo repetía en su mente hasta el cansancio. 

Ya sabía la hora que salía y llegaba, su coartada sería que nadie lo viera llegar al edificio de enfrente ni salir del suyo; no tenía ningún vínculo con su vecina, ni siquiera se habían visto por la calle, los datos que sabía era porque alguna vez la siguió hasta el hospital y había averiguado sobre su vida muy discretamente. Se llamaba Erika, Erika que lo trastornaba de solo imaginarla, de solo soñarla metida en la ducha, pasandose el jabón por su piel exquisita, por su vagina, por sus nalgas duras, por sus senos perfectos, redondos, que los devoraba con su mente, - Erika...Erika...Erika... – 

Mañana sería el día, en su cabeza comenzó a urdir el plan para llevar a cabo lo que tantas noches lo tenía desvelado, sería de él y cuando lo conociera a ella también le gustaría. Seguro que sí. Estaban hechos el uno para el otro. 

Como a las 9 se levantó. Ese día no iría a trabajar, llamó a la compañía para dar parte de enfermo. En su edificio habían dos vigilantes, uno llegaba a las siete de la mañana y se iba a las cuatro de la tarde, el otro llegaba a las cuatro y cuarto y se quedaba toda la noche hasta el otro día en que volvían a cambiar el turno. Debía aprovechar una milésima de segundo para que no lo vieran salir; debería salir de allí a las cuatro y diez y escabullirse inmediatamente. Todo este plan lo tenía algo nervioso pero al mismo tiempo lo excitaba locamente imaginar el momento en que estaría con ella. Luego de salir del edificio debía encontrar la manera de entrar al apartamento de Erika antes de que ésta llegase y la allí la esperaría... "-Nena linda...como te deseo...-" 

Las cuatro dieron en su reloj pulsera. Bajó sigilosamente por las escaleras, llevaba lentes oscuros, vio desde lejos al vigilante que estaba preparando sus cosas para irse, cuatro y diez comenzaba a dirigirse a la salida, cuatro y cuarto... el vigilante se fue hacia la puerta... él sin que el otro lo notara se abalanzó hacia la vereda y cruzó hacia el otro edificio ... nadie lo había visto... Respiró fuertemente, la primera parte se había realizado, se dirigió al edificio de Erika. Eran las cuatro y media, aún faltaba para verla, para tocarla, para hacer delicias juntos. 

Todo iba perfecto, demasiado perfecto diría él, ya eran las cinco y dos minutos, la mujer llegaría como pasadas las siete, se dirigió a la puerta de entrada, justo cuando salía una vieja llevando con la correa a un chihuahua, el perrito quiso olfatearlo, eso lo puso nervioso...odiaba los perros... Disimuladamente dejó salir a la vieja y pasó, no hubiera querido ningún testigo, pero no había problema. Ya había averiguado cual era el apartamento de Erika, sin levantar sospechas, eran las cinco y media, quedaba como dos horas; subió por las escaleras para no encontrar a alguien en el ascensor, en el corredor del sexto piso no había nadie, solo se oían las voces de los otros apartamentos, niños que lloraban, el ruido fuerte de alguna televisión; caminó despacito hasta el 6-D, miró hacia los lados...nadie...sacó de su bolsillo trasero su tarjeta del banco, ya sabía como hacerlo...entró... 


CONTINÚA EN EL PROXIMO CAPÍTULO

LA COARTADA - 2º Y ULTIMO CAPITULO



Aún quedaba tiempo, comenzó a echarle un vistazo a todas las cosas que la chica tenía en su apartamento, sus fotos, sus adornos, cada detalle, le gustaba estar allí; luego pasó al lugar que más le interesaba, el cuarto de Erika; no podía encontrar un motivo como había llegado a eso, a obsesionarse así con esta mujer, fue metiéndosele en la cabeza, haciéndole perder la razón, su apetito insaciable por ella no lo dejaba pensar... entró a su cuarto, su cama medio desarreglada, aún conservaba las huellas de su cuerpo, la imaginó allí desnuda, sobre la cama estaban sus bragas, las tomó, las pasó por su nariz, olían a ella... 

Erika entró al edificio, solo tenía en su mente entrar en la ducha, hacer su rutina de siempre, aunque esa soledad la estaba matando, extrañaba a su ex, el trabajo del hospital le quitaba mucho tiempo para distraerse; a veces el médico de pediatría la buscaba, algo habían tenido, pero el era casado, no podía prometerle ninguna relación seria. Llamó al ascensor. 

Caminó hasta la puerta y metió la llave. Extraño...creía haberla cerrado. Cuando entró no entendía por qué, sintió algo raro, creía haber apagado las luces, raro, muy raro... O estaba tan estresada con ese trabajo, que estaba empezando a tener problemas con su memoria; fue a la cocina, abrió la nevera, tenía hambre, se haría unos sandwiches y con un vaso de leche calmaría su estómago. Pero antes...se metería en la ducha, a relajarse. Comenzó a desabotonarse la blusa mientras se dirigía a su cuarto. Buscó en su gaveta la ropa que pensaba usar, eligió su baby doll negro, era el que mejor le sentaba, pasó al baño para cepillarse un poco, abrió la ducha para que el agua fuera entibiándose, se miró en el espejo, aún se veía bella, con su cabello moreno y ondulante, el cristal comenzaba a empañarse con el vapor, pasó sus manos por el vidrio para mirarse otro poco más y entonces... lo vió... 

Justo detrás de ella, vio su cara observándola, quedó perpleja, un frío helado recorrió sus venas, se dio vuelta lentamente tratando de agarrarse a algo, de pensar que podía hacer... 

-...que...que...quiere...cómo entró aquí? - 

- Hola Erika, tenía tantas ganas de conocerte. Siempre he estado cerca de ti. Perdóname que entré así, no quería asustarte. Vine a saludarte, la puerta estaba abierta y entré. - 
- Le daré lo que quiera, pero por favor váyase, no diré nada a nadie. - Erika sabía que no tenía escapatoria. Estaba ante un loco maniático. 

- Podemos llegar a conocernos linda, solamente quiero que me des una oportunidad - 

Erika trató por todos los medios de pensar en una salida, el hombre alargó las manos para acariciarle el cabello, a pasarle los dedos por el rostro; a la chica le invadió una sensación de asco, de repulsión. -Muñeca no me rechaces, verás que los dos la pasaremos muy bien - En su desesperación Erika decidió seguirle el juego para poder distraerlo, dejó que siguiera acariciándola, mientras con las manos trataba de tantear en la cómoda del toilette para encontrar algo, recordaba que había unas tijeras que había dejado allí. Súbitamente sus manos dieron con ella, en un momento que el hombre intentaba quitarle el sostén, Erika agarró las tijeras e intentó clavárselas, pero su atacante reaccionó más rápido. -Eso estuvo muy mal muñeca, yo quise ser bueno contigo, mejor es que no intentes otra cosa... - 

La amordazó con un trapo para que no gritara, ató también sus manos para dejarla inmovilizada y allí sobre la cama la desnudó, y la penetró una, dos, tres, cuatro, cinco, incontables veces con una furia enloquecida, se abalanzó sobre su cuerpo mordiendo sus senos, su cuello. Erika cerró los ojos, mordiendo su boca para soportar el dolor, y el horror de lo que estaba viviendo, no podía creer que esto le estuviera pasando. Sentía el sabor a sangre y las lágrimas que se mezclaban a través de su mordaza. - ¿por qué, por qué Dios mío , por qué? - No sabía cuántas horas habían pasado. No sabía cuántas veces la había violado ese degenerado. Solo sabía que no saldría viva de allí. 

- Lo lamento nena, no puedo dejarte ir... sabes demasiado... perdóname - Lo último que Erika vio en vida fue una almohada hundiéndose en su cara.
 

¿Qué hizo? ¿Qué haría ahora? Fue al baño y vomitó. ¿Hasta dónde lo llevó su obsesión enfermiza? Tenía que salir de allí lo antes posible. Miró su reloj, las tres de la madrugada. No había nada que lo inculpara. Con su pañuelo limpió todo lo que pudiera haber tocado, en el baño, en los muebles, en la puerta, las cortinas permanecían cerradas, se acomodó su camisa y el pantalón, apagó las luces dejó a Erika allí inerte... qué lástima, no hubiera querido tomar esa medida pero la mujer lo había visto, no podía confiarse; apagó las luces, de repente sonó el teléfono, repicó varias veces y entró el mensaje - Eri, soy yo, Amalia, ¿estás en el baño? ¿te acuerdas los libros que te presté de anatomía?, necesito recogerlos, en cuarenta minutos estaré por allí, bye!!!; no perdió más tiempo, se asomó a la puerta, nadie...estaba de suerte... tenía que regresar como había salido, o dar una vuelta por allí hasta esperar que cambiara el turno de los vigilantes. Escogió lo último, caminó sigilosamente por las escaleras y desapareció en la noche. 

Se levantó con dolor de cabeza, le parecía que había dormido meses, años, no tenía idea de la hora, solo recordó que era sábado, de repente recordó lo de la noche anterior, abrió los ojos mirando a un punto vacío. Erika...Erika... no estaba más, ¿la habrían encontrado? Se sentó pesadamente sobre la cama, no quería averiguar, seguramente ya estaría la policía haciendo las averiguaciones. Su coartada era perfecta, el había llamado a la oficina para decir que estaba indispuesto, el vigilante lo había visto llegar la noche anterior pero nadie lo había visto salir después. No creía que tuviera que preocuparse, nunca había tenido nexo alguno con esa mujer. Sin embargo desde que despertó sentía una sensación como de que algo se le escapaba. No podía por más que le daba vueltas a su cabeza, ¿qué era? Quizá más tarde lo recordaría. Fue al baño y se metió debajo de la ducha fría para poder quitarse esa pesadez, quizá después que todo aquello se olvidara, pediría unas vacaciones para borrar todo ese asunto de su mente. Aún le daba vueltas a su memoria, se estaba olvidando de algo y no podía recordar... 

Decidió más tarde dar una vuelta por el centro, tomaría un café, pero antes iría por el cajero a retirar algo de efectivo, al salir del edificio saludó al vigilante que le respondió con unos "buenos días señor". Se subió a su Chevy azul que tenía en su puesto de estacionamiento guardado. Todo parecía ir normal, miró al edificio de enfrente pero no vio nada anormal, ningún movimiento raro. Tomó por la principal para dirigirse al banco. Se sentía tranquilo, seguro. 
Estacionó el auto a pocas cuadras, y caminó hasta el cajero, sacaría lo suficiente para el fin de semana, aún no tenía planificado nada, solo quitarse de su mente lo de la noche anterior; si acaso llegaba algún detective a preguntar por su edificio su coartada lo salvaría. -No hay nada que temer- Llegó al cajero y buscó con su mano derecha como tenía por costumbre su tarjeta en su bolsillo trasero. Nada... tanteó en el otro bolsillo, nada, en su chaqueta, ¡maldición!, ¡la olvidó, pero en qué parte? estaba seguro que la traía... no! no! Entonces ató cabos. Erika! la puerta! estaba perdido.

Una voz resonó detrás de él.

- Sr. David F.? Es Usted David F?

- David se dio vuelta lentamente, un tipo de 1,85 mts. estaba parado detrás de él. Se puso pálido. Tembloroso.

- ¿Acaso es Ud. el dueño de esta tarjeta?
David bajó los ojos, se maldijo, maldijo su olvido, maldijo a Erika, maldijo su mala suerte, maldijo esa tarjeta de mierda, maldijo a ese maldito detective, maldijo su puta vida. Se quedó mirando al vacío. Ya no había coartada...


jueves, 6 de agosto de 2009

MI QUERIDO PUEBLO


Solo el tiempo nos separa inexorable 
y esta cruel lejanía que marcaron los años, 
mi querido pueblo, mi cuna de río, 
de mañanas frías, de acacias dormidas, 
mi Luján de ayer, ciudad de mi fe, 
de mi antigua niñez, de mis viejos queridos, 
de mi mejor amiga, de las confiterías, 
de ese amor de escuela que nunca olvidé; 
Luján, Luján seguís siendo mío. 

Nombrarte es arrancarme una a una 
las lágrimas de este corazón 
cansado del destierro; 
no hay tiempos ni silencios 
que me dejen olvidarte, no...no... 
porque me conozco tus calles angostas, 
porque seguís vivo siempre en memoria 
la plaza Colón, vergel de tu historia, 
la casa de la abuela que ya no está más, 
mi barrio añorado...siempre sigue igual. 

Y la gran Basílica, santuario de los hombres 
mi Virgencita gaucha, María de Luján 
desde su Altar bendice mi anhelo de verte, 
por el ruego de un milagro del reencuentro 
que alargan las ausencias y el mar. 

Luján de mis amores no olvides a esta hija 
arrancada de tus entrañas, 
que te lleva arraigado en el alma. 

Cuando muera no podrán reposar mis huesos 
al pie de tus árboles ni de tus jazmines, 
ni bajo el aromo que sembraron 
las manos de mi adorada madre 
pero en el corazón te quedas 
mi pueblo, mi querido pueblo... 
como una estrella alumbrando 
el solitario camino que me quedó sin vos.