jueves, 21 de mayo de 2009

MEMORIAS DE UNA CASA OLVIDADA


Las paredes son las que podrían hablar si tuvieran voz, si no estuvieran obligadas a callar tanta historia, tantos recuerdos; el patio que está en el centro es como mi alma que aún respira entre los helechos y las trinitarias; una pequeña selva verde es lo único que deja entrar de vida en esta fantasmal morada en que me convirtieron los siglos, el abandono y el olvido.

Desde arriba los rayos del sol se filtran entre las rejas, cuando llega el primer amanecer, y el silencio es el dueño absoluto, a no ser por el trino de algún pajarillo que se mezcla entre las ramas, y desaparece rápidamente huyendo de este vacío que anidan en las milenarias estructuras que me sostienen.

Tan antigua como soy sobrevivo entre callecitas de adoquines y estrechas, que el calor del mediodía derrite a cuarenta grados, por donde hace siglos transitaban las damas mantuanas que iban a la misa a la Iglesia situada muy cerca; si mis paredes hablaran cuanto podrían contar, de un ayer borrado entre las brumas, de este pedacito de barrio colonial, único sobreviviente de la historia de guerras independentistas, de los horrores de la esclavitud; tanto vieron pasar mis muros desgastados por esta callecita angosta; testimonio fiel me enorgullezco de ser, de ese grito de libertad que alguna vez, algún mediodía caluroso como el de hoy, quebró el aire de esta ciudad donde persisten los años en mantenerme de pie.

A través de la pequeña puerta se puede ver pasar la gente yendo a sus distintos destinos, mis rejas nostálgicas observan a los que pasan, a los que no volverán por mi esquina. Seguiré siendo por ahora testigo mudo del pasado, del hoy, del futuro que me reste hasta que la mano del hombre decida destruirme en aras del progreso. Porque a pocos importa un caserón que lo consumen las telarañas y el recuerdo de una época que se fue.

A la tarde las campanadas de la iglesia repican con su sonido también desgastado por el tiempo, llamando a la misa y anunciando otro día que está por irse. Antes de caer la noche se cerrará nuevamente mi puerta, las sombras de la noche van ocultando de a poco todo vestigio de luz. Sobre los muros se dibujan las sombras de las plantas formando figuras fantasmagóricas, solo me llena el silencio…solo me cubre la soledad…



miércoles, 20 de mayo de 2009

BESO OTOÑAL


A NADIE


A quién podría contarle de la tristeza 
que crece en mi corazón 
como las enredaderas del patio 
esperando el sol de la mañana 
con el canto de un pajarillo, 
y las primeras campanadas. 

A quién podría decirle 
de este silencio que se ahonda 
en las quejas del alma 
sola…cada día más sola… 
en esta caserón que encierra 
siglos de historia y nostalgia. 

A quién podría contarle 
que la vida se detuvo en esta callecita gris 
tan estrecha como mi esperanza, 
que la vida se va acortando 
en cada minuto que pasa… 

Nadie más que a los muros 
que cambian de colores 
pero siguen siendo muros 
que encierran más soledad, 
que devuelven el eco 
de un sórdido silencio. 

La mente teje recuerdos, 
para mecerlos en el sueño 
de la niñez que se fue, 
de la juventud insensata 
de amores que ya olvidé 
pero más que nada de aquel 
que nunca más volvió. 

A quién sino podré contar 
de la rutina que cruza mi vida 
de cincuentona y pico 
en un cuarto dos por tres 
de paredes amarillas, 
con una tabla de planchar, 
y una maquina de coser, 
¿A quien… sino… a nadie?