jueves, 22 de enero de 2009

DOÑA CARMEN


Para hablar de ella tengo que hacerlo detenidamente, porque se merece todo el espacio y el cariño que de niños no supimos entregarle como se merecía; de esta maravillosa mujer que vivió en el anonimato y que formó parte de mi familia por 70 años; vio pasar bajo su fiel vigilancia cuatro generaciones de nuestra familia; lo que sé de ella es por las referencias y anécdotas que mamá nos contaba. 

Yo la llegué a conocer y a apreciar siendo todavia una niña; su edad siempre fue un enigma, según leí en alguna parte tenía noventa y ocho años cuando falleció; tengo ese grato recuerdo de sus picardías cuando quería jugar con nosotros; sentadita en su mecedora, atravesaba su bastón para que tropezáramos. O cuando nos poníamos a jugar a la lotería con los cartoncitos y los porotitos, ella era siempre la ganadora. Y también nos ponía disciplina si nos portábamos mal. Se llamaba Carmen, prefiero no decir su apellido para proteger su privacidad, para nosotros siempre fue y será la Nona. Un ser humano ejemplar en su modestia, en su humildad y también en su firmeza y en su voluntad. 

LLegó a la familia gracias a mi bisabuela que alguna vez la encontró en la provincia y se la llevó para que la sirviera, no tanto en la limpieza sino como niñera de los hijos menores; aunque más que patrona y mujer de servicio, fueron siempre grandes amigas, y se debieron una lealtad que perduró hasta la muerte de mi bisabuela; luego mi tía se la llevó, ya no para que prestara sus servicios, sino para cuidarla y devolverle con creces todo ese tiempo de amor que solo ella supo dar; no sabía leer ni escribir, solo sabía trabajar, lavar, cocinar, ¡y qué platos! ¡y qué dulces! no conocía la pereza, ni el desgano, se levantaba a las cuatro de la mañana a realizar sus quehaceres, a cebar los amargos para mi tía.

Según los relatos de mamá, tenía sus manos curtidas del trabajo, de lavar la ropa, no con lavadora como es la comodidad de ahora, sino a mano, en el patio a pleno invierno. Era ese tiempo cuando se usaban las sábanas almidonadas. ¡Cuánto podríamos aprender de ella las amas de casa! 

Pero lo más hermoso y admirable de esta pequeña mujer, ya empequeñecida por la vejez, por las arrugas, caminando agachadita y despacito con su inseparable bastón, fue su inquebrantable fe, sus firmes principios cristianos, su devoción por la Santísima Virgen del Carmen y el Rosario, todos los días rezaba con nosotros o solita en su rincón, y de ella nos quedó para toda la vida el final tan tierno y simpático que decía al final del rezo: "Gracias a Dios y al padre Paquito hemos rezado el rosarito", una oración sencilla nacida de su corazón y que hasta el día de hoy la repito en mi rosario en su recuerdo.

Querida Nona nunca podremos agradecerle suficientemente su presencia en nuestras vidas, ¡cuánto más hubiera querido aprender de usted, de sus grandes valores, de su sabiduría, de su humildad.! 

Doña Carmen nos enseñó tambien lecciones de educación, así, a su modo, cuando entraba alguien en la casa y no saludaba, ella desde su silla, así ancianita como estaba, decía con voz firme: ¡Buen día perro!; creo que la persona que la escuchaba no olvidaría jamás esa lección. 

Un buen día el Señor llamó a nuestra Nonita para que descansara al fin después de toda una vida de lucha, de sacrificios, de servicio al prójimo; sufrió una larga agonía, mamá estuvo a su lado en su último suspiro y Doña Carmen entre los estertores de la muerte, ¡entregó su alma al Creador rezando el Rosario! ¡Dios la bendiga querida Nona por haber existido, por habernos legado su lección de vida, de fe y de amor.!